jueves, 19 de marzo de 2009

ENTRE AMIGOS Y ENEMIGOS, Rogelio Fabio Hurtado



Marianao, La Habana, marzo 19 de 2009 (SDP) Respecto a las generaciones que nos precedieron, los nacidos a mediados de la década del 40 conocimos unos años de formación atravesados por los vendavales de un cambio social abrupto, caótico incluso, que se llevó de encuentro todo lo establecido y paralizó la voluntad de acción social de nuestros padres.

Pronto nos vimos sin maestros ni autoridades dignas de respeto a quienes acudir en busca de orientación. La tradicional pregunta acerca de lo que querían ser los niños cuando fuesen grandes, perdió todo sentido, suplantada por la disyuntiva insoslayable entre revolucionarios y contrarrevolucionarios. Los médicos familiares se fueron y quienes soñábamos debutar en el Yankee Stadium o el Madison Square Garden, fuimos persuadidos a seguir los pasos de Capablanca.

El caso fue que los que nos quedamos, y aquí es bueno parafrasear aquella canción de Pedro Luís Ferrer que dice así: No creas que porque he vuelto no me he ido, vivimos desde entonces entre amigos y enemigos, con la dificultad agregada de que no necesariamente quienes parecen ser lo primero, no resultan ser después lo segundo, o viceversa.

Acabo de cruzarme en la esquina de las calles 51 y 124 con una persona que trabajaba junto a mí en la sección de Capacitación del Puerto Pesquero de La Habana, 40 años atrás, y reconociéndolo perfectamente, no lo he saludado. Diré a su favor que él no puede haberme reconocido, detrás de esta barba a lo Santa Claus que me gasto.

En 1970, el sabio azar concurrente había integrado en la Facultad Obrera y Campesina (FOC) del Puerto Pesquero un claustro de jóvenes profesores no titulados que rivalizábamos en brillantez y coincidíamos en amistad. Ambas condicionales nos permitieron entablar una batalla con la administración respecto al horario de trabajo y ganarla de calle.

A raíz de esta conquista sindical, los llamados factores del Centro determinaron cazarnos la revancha y para ello, le agregaron a la sección unos cursos técnicos, al frente de los cuales apareció el compañero Mezcua, contemporáneo nuestro pero de franco origen campesino y, por ello persona de toda confianza para los Factores.

Vino a ocupar un nuevo buró despintado en el improvisado local docente del que disponíamos en una de las grandes y calurosas naves fabricadas por los hermanos soviéticos para asegurarse una base de reparaciones para sus pesqueros de faena en las Américas.

Nosotros, tan paranoicos como jóvenes, vimos en él al tipo de la Cheka, algo tan incoherente como típico, dado que no conspirábamos, nos limitábamos a condimentar con alguna ironía las proclamaciones victoriosas de la prensa, pero aún así, nos sentíamos merecedores de ser vigilados. No obstante, la táctica del supuesto infiltrado no fue ladina, sino bastante directa y de ningún modo provocadora. Discutió directamente y por separado con cada uno de nosotros, exhortándonos a que rompiésemos la unidad y nos sumásemos a las intenciones constructivas de la administración. Innecesario decir que su esfuerzo no fructificó. Es pertinente aclarar que no siguieron a este acercamiento persuasivo represalias de ningún tipo.

Por lo que a mí respecta, recuerdo la discusión de varias horas como uno de los pocos momentos de debate directo con las autoridades. Valga señalar que en las ocasiones restantes, dos o tres, mis interlocutores han sido oficiales del DSE. En algún momento, él me aseguró que la Revolución premiaría en el futuro una actitud positiva con bienes materiales necesarios; inmediatamente le repliqué que eso era simplemente oportunismo y que no traicionaría ni a mis ideas ni a mis amigos por míseros objetos materiales. Claro que en aquel alarde idealista mediaba el hecho de que consideraba, erróneamente, tener casa siempre asegurada con mi familia.

Ahora, acabo de cruzarme con él, hará unos minutos. Iba vestido como siempre, de trabajador y, aunque avejentado, conservaba la expresión de campesino contento con pisar el asfalto. Al parecer, la Revolución no fue tan generosa como él esperaba; con todo, no parecía infeliz. Por mi parte, perdí la ocasión de recibir, a través de él, una imagen cierta de mí mismo en el perdido tiempo de la juventud. Empecé a conjeturar un rescate actual de aquel Debate en un aula de la calurosa nave de Capacitación del Puerto Pesquero de La Habana y me puse a escribir este texto.
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