jueves, 3 de septiembre de 2009

LA OBSCURA ESCALERA Ramón Díaz-Marzo


A la memoria de Poncito

Cuando andábamos por el cuarto piso, evoqué a mi amigo Eustaquio. Hice un rápido recuento de los grandes cambios operados en su personalidad, y concluí que el gallego, a la temprana edad de cuarenta y cuatro años le había llegado la vejez con la prematura aparición de una psicosis electroacústica. Sin embargo, el estar loco no lo privaba de habituales ataques de aguda reflexión como aquel donde calificaba a Barba Blanca de personalidad retorcida. Y había que escucharlo cuando Minerva bajaba a poseerlo.

En el quinto piso, Horacio, tambaleante, estuvo a punto de resbalar y partirse una pierna. Y cuando iluminamos el camino descubrimos que estábamos ante el Lago de Orina. Para vadearlo tuvimos que pegar nuestras espaldas contra la pared; y el olor a grajo que respiré repentinamente, era como un aura que nos recubría.

-¿Falta mucho? -le pregunté a Horacio, temeroso yo de que fuéramos a peder el equilibrio y precipitarnos al infecto Lago.

-Un poco más y habremos llegado -respondió mi amigo con voz ronca y sofocada.

No se me pasó el destino final de dos cucarachas pataleando en el Lago de la Orina que inútilmente pretendían salvar sus vidas.

Cuando alcanzábamos el sexto piso le pregunté a Horacio cual sería su criterio sobre una supuesta locura en Eustaquio a propósito de un incesto psicológico con la madre, o la sencilla sirverguensura enmascarada tras su barba de vejete.

-Las dos especulaciones son validas, y también una tercera posibilidad: imbecilidad congénita. Pero el otro amigo de ustedes... ¿Ambrosio? es el que no logro tolerar.

-¿Ha ocurrido algo con Ambrosio?

-No. No ha ocurrido nada. Es un simple comentario. Es que observándolo, aunque brevemente, me parece que es un ser que cambia de un modo muy rápido y frecuente su visión de la realidad. Tales seres, nunca se te olvide, siempre han sido peligrosos.

-Tienes toda la razón -dije-. En Ambrosio siempre he visto a un zorro.

Pero la sorpresa de la noche nos aguardaba en el séptimo piso; y el modo de enterarnos tuvo un saldo desfavorable para Horacio que, por ser el capitán de aquella peregrinación, fue el primero en entrar en contacto con unos excrementos -aún humeantes- que habían desperdigados sobre la loza de uno de los peldaños. Y Horacio exclamó:

-¡De nuevo la mierda! Desde que nací, la mierda me rodea. ¿Te acuerdas de aquel inglés que vino a Cuba a tocar la flauta?
-!Claro que lo recuerdo! -dije-. Jamás olvidaré que nos invitó a un lujoso restaurante para pagarnos una exquisita Coca-Cola de lata; y el inglés escribió en su agenda que tú eras el Emperador de la Mierda.

Mientras yo hablaba, Horacio intentaba quitar la mierda de las suelas de sus zapatos gigantes con el canto de los escalones y la embarrazón adquiría por segundos tonalidades apocalípticas.

-Es que la única mierda que se tolera es la de uno -dijo Horacio, con asco.

En el octavo piso nada sucedió, salvo una foto empegostada a un destartalado Mural del CDR, que al pasar nosotros frente a el parecía querer salirse del papel y allí mismo acusarnos de traidores y allí mismo fusilarnos.

En el momento que arribábamos al noveno piso presentí que mi existencia no conseguiría abarcar las historias que hubiera podido escribir. Me habría gustado escribir la historia de José Abreu, el joven cuyo sueño era conocer a Norteamérica, pero atrapado en un laberinto de amor se lanzó, dos meses antes de los sucesos de “El Mariel”, del quinto piso de la Escuela de Idiomas en la Manzana de Gómez. Cuando contacté a testigos del salto me refirieron cómo mientras caía parecía descansar sonriente en las manos del viento como si de golpe recibiera el mensaje de que todo es lo mismo en todas partes, y disponiendo de un poder desconocido que le hubiera permitido corregir el rumbo de la caída hacia el Norte, comprendiera la futilidad de ese viaje en contraposición al silencio y quietud que llaman al descanso eterno.

Con las fosforeras apenas iluminábamos el camino, de manera que tanteando entre sombras y respirando yo el olor a mierda que emanaba de los zapatos de Horacio púseme nervioso y comencé a tirarme unos pedos malolientes que retumbaban en forma de eco por los pasillos de aquel laberinto infernal. Y mientras cruzábamos el décimo piso, Horacio me preguntó si yo había conocido a Reinaldo Arenas Fuentes.

-¡JAMAS! -respondí.

-Pues alégrate -dijo Horacio-. Fue un patriota cubano de la literatura que sólo tenia un defecto: se había convertido en un maricón descarado.

El ataque de pedos me continuaba ocurriendo y recordé que el muy fino Hipólito, cuyo trabajo toda su vida fue limpiar inodoros, pero tenia una exquisita sensibilidad para la Ópera, de haber estado allí, se habría peleado a muerte conmigo. En esos momentos Horacio, como si me adivinara el pensamiento, dijo:

-No tengas complejos escatológicos. Los más grandes personajes de la Historia han expulsado de sus tripas gases de porquería acumulada en proporción a la magnitud del veneno de sus almas.

Cuando arribamos al décimo primer piso, Horacio me indicó que observara la zona donde debiera haber estado la puerta del ascensor. Allí no había puerta. Alzamos nuestros débiles faroles y, observando el marco, vimos la huella violenta de una puerta descuajada, seguramente, para utilizarla como leña para cocinar. Asomamos nuestras cabezas al negro abismo, y Horacio, que siempre tenia catarro en los pulmones, soltó de prueba un gargajo. Con nuestros oídos, a los pocos segundos, escuchamos el impacto del bulbo purulento al estrellarse contra una fábrica de mosquitos en las aguas putrefactas que se habían acumulado en la zapata del ascensor.

-Continuemos -dijo Horacio con voz emocionada-. Es que nunca te había confesado (me dijo) el amor que siento por el vacío.

Atravesando el décimo segundo piso Horacio me advirtió que en el apartamento de Nacetonio seguramente encontraría una fauna en extinción: la fauna de la intriga gratuita. Que de quien debía cuidarme con especial esmero era de un tal Cepón el Infame.

-A ese personaje nunca le confieses las penas de amor que ahora te devoran -dijo Horacio-. En tu presencia te mostrará solidaridad de sentimientos. Pero luego, a tus espaldas, lo que le dijiste en confidencia se lo contara a toda La Habana.

-Debe ser un demonio -dije.

-De ningún modo. Cepón el Infame es el producto natural de una inteligencia lógica. El mundillo del arte está regido por las leyes de la ironía, el sarcasmo, y el cinismo. Y personajes como Cepón son los que mantienen viva la tradición. Si no fuera por el trabajo de topo de estos seres malditos muy pronto la humanidad se volvería buena, y las miasmas de que se nutre el Arte desaparecerían. También tendrás que estar en guardia contra un ser peligroso -continuó Horacio-: el Gitano de Neptuno. Al principio te parecerá un infeliz, pero no desees conocer la realidad de su alma extraviada en la dualidad de las cosas. Desde que nació ha querido comprar un lugar en la Gloria con metáforas y versos de contrabando; y la Gloria le tira la puerta en la cara cada vez que lo pretende. Es un ser espantoso que usa, en vez de camisas por dentro, un pijama por fuera. Amigos bien intencionados le aconsejan siempre que se pele al rape para evitarle a los demás el desagradable espectáculo de esos pelos suyos que parecen estropajos colocados al descuido sobre su cabeza mulata. Al principio la gente lo ayudaba creyendo que su miseria era justificada. Pero con los años su mendicidad por un plato de comida en el Club Árabe ha dejado de causar lástima para convertirse en una escena repugnante. El Gitano de Neptuno es mucho más peligroso que Cepón el Infame que, cuando obtiene tu confianza, no te ocultará que es un hijo de puta y hasta podrás ser testigo, en raros momentos, de destellos de desinterés. Pero el Gitano de Neptuno, si calcula que te sacará algún provecho será capaz de besarte el culo. Pero lo más increíble de este personaje es que las pocas veces que el semi éxito le sonríe, el mismo se convierte en su peor enemigo. Algunos amigos suyos aseguran que la miseria en que transcurrió su infancia lo trastornó para siempre.

-Entonces si me decidiera a consignar en el Diario que escribo lo que acabas de revelarme -dije yo- sería destruir a una criatura que, después de todo, también es un hijo del Señor.

-¡Olvídate del Señor ahora! -replicó Horacio- Si los que han ido muriendo, como Reinaldo Arenas, no lo recogen en sus "Memorias de una Maricona Cubana", porque lo ignoran, quizás, aunque hablando mal, le hagas un favor al insertarlo en tu Diario como un personaje imposible.
-Bueno, si la cuestión es esa, que todos lo ignoran y la Gloria se empecina en cerrarle las puertas, yo estaría dispuesto a consignarlo en alguno de mis libros -aseguré-. Después de tanto, una limosna histórica se le otorga a cualquiera.

-De todos modos tengo entendido -dijo Horacio- que Ramón fue su gran amigo del alma; y de todo el mundillo literario es quien mejor lo conoce. Quizás también se encuentre entre los invitados de Nacetonio.

-¿De quién me hablas? -pregunté.

-Ahora de Ramón, del cual también debes cuidarte que, aunque no lo calzo en muchos puntos, de seguro es otro personaje dantesco; sino, no hubiera sido amigo de Omar el Loco.

-En una palabra -dije yo-, el lugar hacia donde vamos se parece al infierno.

-No es que lo parezca -murmuró Horacio-: es el Infierno.

Ya en el décimo tercer piso, que me recordaba el día de nacimiento de Ofelia y me confirmaba que el numero 13 posee carácter mágico, Horacio prosiguió hablándome como si estuviera deseando exhibir hasta que punto lo sabía todo o casi todo.

-Yo sé que tú piensas que Gaspar el Bueno es tu mejor amigo -dijo Horacio-. Pero Gaspar el Bueno es un ladino servil con varias máscaras. Se dedica a prometerle té negro a toda la Habana Vieja y vive del dinero que recauda cuando sugiere la necesidad de un anticipo. El muy cabrón cobra el triple del costo real y te jura que es un favor. A mi me contaron que para erotizarse precisa humillar a su compañera y convertirse en un héroe sexual mientras transcurre la noche, y de vez en cuando emprenderla a golpes contra la infeliz de turno que casi siempre es una arpía enmascarada. También me dijeron que dentro de la pequeña habitación donde vive, donde los muebles son montañas de libros, a veces es más sádico que Hitler; sino ¿por qué encierra a su mujer con candado y permite que se extravíe entre los libros como una jicotea rabiosa y es capaz de no buscarla durante días, y cuando la mujer se muestra, tímidamente, la insulta como un trapo hasta reducirla a simple larva de alcantarilla?

-Estás exagerando -repliqué débilmente-. Cuanto me dices de Gaspar el Bueno, si lo dijeras de Bruno von Company, que quería envenenar a su criada para escribir una novela policiaca y desistió por comprender a tiempo que nunca tendría talento para escribir, seria aceptable. Pero tratándose de Gaspar el Bueno lo dibujas como un monstruo -y proseguí-. Para disculpar la profanación en que acabas de incurrir pensaré que esta ascensión al apartamento de Nacetonio es una irrealidad propia de los libros dirigidos a lectores aburridos a quienes hay que dibujarles las escenas y los personajes con los colores más crueles para que el hilo de la trama mantenga su interés.

-Piensa lo que quieras -dijo Horacio-. Pero ahora, que arribaremos al décimo cuarto piso, aumentemos las precauciones. No se te pase por alto que el 14, en la charada, es cementerio.
En el décimo cuarto piso decidimos descansar. Nuestros ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y ya no eran imprescindibles las fosforeras; en las tinieblas también vivía la luz. Y buscamos, en el pasillo, un rincón limpio donde depositar nuestros fondillos.

-¡Cuanto silencio bienamado! -dijo Horacio, y añadió-: ¡Saber que detrás de estas puertas subviven seres hacinados que se odian entre si! Pero lo aterrador será el día que lo descubran, y sea tarde.

Y mientras discurríamos en tan profundas cavilaciones, escuchamos los pasos atropellados de alguien que bajaba. (Continuará).
ramon597@correodecuba.cu

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