jueves, 12 de junio de 2008

La Isla de Begollen, Odelín Alfonso Torna




En el departamento de confecciones, perteneciente a la tienda “La Isla de Cuba”, las ventas se incrementan por algunas insignificantes rebajas. Los pedidos de la clientela agitaban aún más a la dependiente de turno, una mulata que sudaba a causa de los trajines y la desconexión de los climatizadores, en función del llamado “ahorro energético”.

Francisco Begollen Camacho, un sexagenario alto y delgado, formaba parte de una cuadrilla de personas que descansaban en hilera y con el tronco de sus cuerpos sobre el mostrador. Apenas se podían visualizar las prendas de vestir en exhibición. Preguntar por la talla o el color de un artículo en medio de aquel conglomerado, era imposible.

Un segundo dependiente con aspecto de gerente, también de confecciones, atendía solo a clientes con tarjetas de crédito.

“¡Hasta en un simple departamento de confecciones te encuentras dos colas, una por tarjeta y la otra en efectivo!”, exclamaba indignado Begollen.

Desde luego, en la prolongada estancia de Francisco, algo más de una hora, apareció un solo cliente con tarjeta.

Begollen era empleado en la tienda La Isla de Cuba antes que la revolución nacionalizara los pequeños y grandes negocios heredados de la próspera República. En medio de la vorágine de comentarios, nada halagadores, propiciado por la espera, el ex dependiente comentaba con orgullo sobre el trato a los clientes hace cincuenta años, ante la incredulidad y el asombro de los más jóvenes.

La Isla de Cuba contaba con un total de siete dependientes, distribuidos entre los diferentes departamentos, dos de ellos mujeres. Otros cuatro empleados se encargaban de las labores de limpieza.

Los hermanos Rodríguez Carmona, oriundos de España, eran los propietarios de la tienda. Miguel Rodríguez Carmona llevaba el control financiero. José Rodríguez Carmona, fungía como gerente. Antonio Rodríguez Carmona hacía las compras en el exterior. Regularmente importaba las mercancías desde Europa, principalmente España.

El comercio de los Carmonas abría sus puertas desde las 7:30 AM, hasta las 7:00 PM. Sólo hacían un paréntesis de una hora para almorzar.

“Si un cliente llegaba a la tienda, se le trataba de señor y había que atenderlo al momento”, decía Francisco.

“Si pedía un calzoncillo marca Taca, yo le traía la prenda junto con una camiseta y un par de medias de la misma marca”.

“Había que vender”, comentaba orgulloso.

Luego de tocarle el turno a Begollen, desafortunadamente no había talla de camisa para él. Tuvo que conformarse. “Si yo hubiera cogido lucha con tanta estupidez revolucionaria, estuviera tres metro bajo tierra”

- “Con la revolución llegó el maltrato y el irrespeto”, murmuraba el anciano mientras abandonaba la tienda.

Después de charlar con Francisco y vivir con él su infortunio en La Isla de Cuba”, realicé un conteo físico por cada uno de sus departamentos.

En la planta baja, existe un gigantesco mercado con tres departamentos y un total de diecinueve empleados, entre ellos, cuatro custodios. En este piso se ofertan alimentos, electrodomésticos, utensilios de cocina y artículos para perros. Aclaro, perros de verdad, de cuatro patas. Otros ocho dependientes se distribuyen entre el segundo y tercer piso del complejo comercial.

Se dice que los hermanos Carmona emigraron a su tierra natal, España. No se conformaron con los embates de la nacionalización.

Begollen nunca se adaptó como operario en la también intervenida termoeléctrica Felton, en Tallapiedra, donde trabajó por 38 años hasta su jubilación.

Hoy La Isla de Cuba pertenece a una de las tantas aristas de la economía militarizada, en manos de los interventores que la desprivatizaron. Su plantilla está tan inflada como el precio de los alimentos en el mercado de la planta baja.

Creo que para recuperar la excelencia en los servicios, eliminar las aglomeraciones sobre los mostradores o comprarse un buen calzoncillo Taca, se necesita regresar a la “isla de Begollen”.
Fin: Arroyo Naranjo 2008-06-09
odelinalfonso@yahoo.com














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