jueves, 7 de agosto de 2008

SOCIEDAD, Para conocernos más I, Richard Roselló





La Habana, agosto 7 de 2008 (SDP) Confirman registros mercantiles de archivos que Cuba sostuvo relaciones comerciales (las mayores en su historia) con unos ciento cincuenta y ocho puertos y ciudades del mundo hace cerca de dos siglos. Una verdad que apenas los cubanos conocen.

Gracias al libre comercio, el dominio español levantó definitivamente sus restricciones económicas con otros mercados extranjeros, para consolidarse en la llamada “tercera era económica”, la más floreciente que recuerden las estadísticas. Este largo periodo de solo ocho décadas se inició en 1819 y conformó, las características, modos de consumo, costumbres, hábitos, vida y religiosidad del cubano en ciernes, para culminar en 1898 con el fin del poder colonial español en la isla.

La Habana era entonces el puerto cabecera del país. Centro del comercio y las legislaciones, se haría una rada internacional. Embarcaciones que habían recorrido largas y peligrosas rutas marítimas hacen escala en ella. No vienen solas. Traen mercaderías para intercambiar, desde las más sencillas a las exóticas especias y porcelanas chinas.

Francia, por ejemplo, nos trae su exquisito Champaña; su moda, perfumes. Insustituibles en calidad y belleza serán sus artículos del tocador. Sus vajillas de Sevres, el café y su taza de servirlo. Su petip pois. Las croquetas en un restauran francés en La Habana harán historia en el siglo XIX. Aporta también hebillas y peines de carey, cintos, zapatos y el jugo de tomate. De buen gusto son su variedad de muebles, entre ellos el balancín. El abanico con su giro resalta en salones aristocráticos. Sus finos dulces en conservas; los perfumados jabones de Touset, fabricado en Paris. Hasta las pistolas de Burdeos, la palangana en metal, la teja plana y el cepillo de zapato de Marsella, los libros de Nantes, las sillas de rejillas de Burdeos marcan un hito en la vida común de los criollos.

Inglaterra nos convida con abundante cerveza. La ‘’Tener Lager’’ de Bristol fue una de ellas. Por cierto, gracias a ésta, los cubanos por costumbre llamamos lager a todas las cervezas. Un aderezo llega para quedarse: es la mostaza. La loza de mesa inglesa de clase baja predomina en los futuros diseños. Otros aportes serán sus anteojos, la sombrilla, espejuelos, el coñac, el hilo, y las vajillas de cristal. La primera locomotora que entró a Cuba en 1833 era inglesa. E inglesa fueron las primeras planchas, el quinqué, el yunque de herrero, el sartén, las cadenas de barcos, el alumbrado y quemadores de gas, la llave de metal, hasta el catre de hierro y bastones para caballeros.

No son los únicos. México nos introduce la plata en monedas y en marcos de cuadro. Las sogas, venados en abundancia, el chile, el maíz, butacas, esteras de mimbre que aun se usan. De Sinsal penetra el azul de pared como color de pintura escogido por los habaneros, la hamaca y el cordobán de Veracruz para la tos. Los loros, faisanes de Campeche y cotorras de Tabasco y los camarones que entran a la dieta selecta.

Cuba es un pueblo arrocero. Se lo debemos a los Estados Unidos. Y este será su principal socio importador. Con él, mantuvimos el mayor comercio que se conozca. El 8 % de su producción se destinó a la isla. De los 1 200 barcos que entraban anualmente al puerto, 995 son norteamericanos. Ellos nos aportan el fósforo, el tanque de hierro, bombas de agua, la leche condensada, la manzana, el teléfono y el telégrafo. También maletas, sillas de dentistas, el jabón amarillo y artículos de ferretería. Introducen la pintura de pared de varios colores. Excepcional fue la llegada de los water closet (o tazas de baños) a fines del siglo XIX. Sumemos los bombillos eléctricos, maquinarias agrícolas, el caballo, sillas y mesas, el tejamaní, la brocha, jarros de latón esmaltado, candados, el papel estraza de envoltura, el adoquín y el hielo de Boston. Además, herraduras, guatacas, mecedores, el coche de caballos, el acido, la luz brillante, la remolacha y latas de sardinas. De Nueva Orleáns llega la maquina de coser, el cartón, el quimbombó y la lona.

España, nuestra madre patria, aporta a nuestras actuales costumbres la pólvora, el caballo, la imprenta, el machete, la piedra de amolar, los azulejos, escobas, burros, la orza, los sombreros de palma, la tinaja, la pipa de fumar, palanganas, crucifijos, santos y virgen en cerámica y en metal de Málaga; la butifarra, la longaniza, la morcilla, el gofio, la vela, las habichuelas, aves de corral, la paloma, el gorrión. Español es el canario, el garbanzo, la herradura, la carreta. Procedentes de Canarias entran la piedra de destilar, los molinos, tibores, la teja de techo, las macetas para plantas. La danza y la caña de azúcar son introducidas por peninsulares. E incluso la tradición del carbón vegetal y un centenar de platos de la cocina cubana, así como sus aportes a la agricultura, se la debemos a ellos. De Cádiz llegan el vino y las escobas. Barcelonés es el cubo, los juguetes de plomo y el porrón.

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