jueves, 19 de febrero de 2009

VIÑETAS PARA UN INVISIBLE, Rogelio Fabio Hurtado (Obra en preparación)

VIÑETAS PARA UN INVISIBLE, Rogelio Fabio Hurtado (Obra en preparación)
A Héctor Pedreira, I. M.
Marianao, La Habana, febrero 19 de 2009, (SDP) Ayer, 22 de abril, se conmemoró el natalicio de Vladimirn Ulianovsk, (a) Lenin. Casualmente, lo celebré leyendo las Memorias del menor de los hermanos del asesino León Bronstein (a) Trotsky. Además de los chismes sobre el movimiento comunista, característicos de la literatura suscitada por La Perestroika – y este, aunque se haya publicado en Madrid, no hubiese osado retar a los camaradas a no ser por el sismo Gorbachiano-, el libro, ( Mercader, Luís y Germán Sánchez, “Ramón Mercader, mi Hermano. Cincuenta años después, Editorial Espasa. Calpe, Madrid, 1990) incluye un álbum de fotos de la familia Mercader del Río, al que me he permitido el placer de agregar las siguientes viñetas:

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Comencemos por la foto que ilustra la portada. Fue tomada en 1933 en el jardín de un internado católico para niños,”El Salvador de los Párvulos, en Barcelona. Vemos a los principales protagonistas reunidos, como pocas veces volverían a estarlo en sus vidas.
Caridad, la madre cubana, santiaguera por más señas, es una mujer alta, de cuerpo que se adivina opulento, frente despejada. Ramón, todo un galán peinado a lo Valentino, apoya sus manos aún limpias, sobre los hombros infantiles de Luís, quien permanece en el limbo de su niñez, del todo ajeno a que, siete décadas después, escribirá este libro trágico.

2

Un close-up de Ramón, muy joven y sonriente bajo su gorra de plato de cabo del Ejército Español. Cumplía el servicio militar y no fue admitido en la Escuela de Oficiales, como era su deseo, por tener antecedentes comunistas. Ya comenzaba a ser una papa caliente. Pero no lo sabía.

3

María de la Caridad del Río Hernández, alrededor de 1910, ya en Barcelona. Es una muchacha elegante, de sombrilla y sombrero, esposa del Sr. Pablo Mercader, católico, conservador y separatista catalán. Aún está muy lejos la Guerra Civil Española, en la que perderá el seno derecho por la metralla falangista. Tampoco conoce al camarada Eytingón. La expresión del rostro, aunque lozana, se esboza grave.

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Ahora Ramón tiene 20 años y trabaja como camarero del Ritz Hotel de París. Es muy inteligente, enérgico y decidido. También esbelto, alto y muy simpático. Todos esos dones van a serle útiles años más tarde para seducir a la neoyorquina Silvia Ageloff, una atractiva intelectual de izquierda que caerá en los brazos del para entonces periodista belga Jacques Mornard.

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1936. Caridad está en México, haciendo campaña para la República. Sonríe con muchos deseos y lleva un cigarrillo acabado de encender en su mano izquierda. Viste una americana de cuero- ¿O será un chaquetón de la Cheka?-. Ha encanecido levemente, pero sigue siendo una mujer hermosa. Un elegante bolso pende de su hombro izquierdo, acaso sobrecargado por el peso de la presumible pistola. Una Ciudad México en humilde blanco y negro, sin rascacielos ni smog, le sirve de fondo a la activista.

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Ya se llama, desde sus correrías por la Barcelona de la Guerra Civil, Jacques Mornard. Es periodista y belga. Ronda los 25, pero les lunettes y el sobrio chapeau le avalan los treinta y tantos que dice tener. Deambula por los cafés al aire libre de París y ninguna coccote imaginaría que ha iniciado ya el camino que lo llevará de camarero del Ritz a presidiario célebre en la penitenciaría de Lecumberri. Este hombre joven a la ventura es demasiado catalán para ser como los héroes de Dos Passos o de Hemingway, pero los recuerda.

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¡Ah¡ ¡Unas manifestación pacífica de los comunistas mexicanos¡ Caridad va en primera fila, del brazo del líder Lombardo Toledano. Todos los hombres visten de traje y el respectivo sombrero de paño ocupa una de sus manos – la derecha, pues la izquierda proyecta el puño al cielo con cada consigna-. Entonces la Izquierda, no menos que la Derecha, presumía de elegante y formal. Llevan los cabellos cortados como es debido y a nadie se le advierte ni siquiera la sombra de las cinco. Sólo uno de los rostros abarcados por el lente sonríe. Al fondo un estandarte, no de la Archicofradía del Espíritu Santo sino de una Federación Nacional de Trabajadores. Caridad es la única mujer- las mexicanas por supuesto permanecían en sus casas cocinando y cuidando de la prole-. Viste un cómodo overol, bien lustrados los zapatos. Sobre la marcha parecen flotar, en el aire de la plazuela, los acordes de la Internacional cantada con acento tapatío.

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Sylvia Ageloff, la femme siempre presente en todo crimen. Es una muchacha de gafas, nariz aquilina y cabello saludablemente lacio. El cumplimiento de esta parte de su misión tiene que haberle sido agradable al seductor Mornard. Una amiga parisina que trabajaba para la inteligencia soviética, los presentó. Sylvia, manipulada por Eros, introdujo a Mercader en los círculos trotskistas de New York, quienes luego avalarían al joven teórico para acceder a la protegida intimidad de su Jefe en México. Más que de Sylvia, doblemente traicionada, como mujer y como militante, guardó Mercader un fervor permanente por la deslumbrante ciudad de Nueva York.

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Aquí tenemos nada menos que a Leonid Alexandrovich Eytingón. La foto es indudablemente soviética, pues el difumino del claro oscuro parece del Siglo XIX. Eytingón, tiene cara de buena persona y sus ojitos- la cara en torno a ellos es anchurosa- son inquisitivos pero civiles: los ojos de un comerciante. Se da un fortísimo aire al padre de mi amigo Chuito, con la ventaja para el buen Jesús Piedra de que él sólo manejó los cuchillos largos en el lunch del Café Colón de la Víbora. Su doble, Leonid, fue el responsable del operativo que culminó en el asesinato de Trotsky. Tras la muerte del Padre de Todos los Pueblos, cumpliría una condena de más de diez años. Así, cuando su agente Ramón Mercader regresó a la URSS, en 1960, se encontró con que su jefe y amigo estaba encarcelado por “crímenes contra el pueblo”. Por cierto, en algún momento del año 1940, Eytingón pasó por La Habana y, según su amiga y colaboradora Caridad, no le gustaron las frutas tropicales, consumidas por ambos en el entonces boyante Anón de Virtudes. Prefería las manzanas de California.

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Una foto de la víctima, peligrosamente vivo. Sentado a su mesa de trabajo, pluma en ristre, León Trotsky toma notas de un ejemplar del periódico The Militant. Todo el escritorio está cubierto de una papelería que parece vibrar al calor de la personalidad de su dueño. Más allá hay una mesita con libros. Aún atractivo en su madurez –recién cumplidos los sesenta- lleva erguida la hermosa cabeza judía sobre la cual, en ese mismo sitio, clavará su filoso picolet Mercader, después del estrepitoso fracaso del pintor David Alfaro Siqueiros:
“El cabrón entró allí con todo un ejército
Y empezó, como buen mejicano de películas
A pegar tiros en todas direcciones.”
Por ese chapucero boceto de atentado, el artista mereció una condena y, 28 años después, en la habanerísima Rampa, engalanada por el Salón de Mayo de la Villa de París, el escandaloso repudio de varios colegas franceses seguidores de la Revolución Permanente, quienes a gritos de “Asesino de Trotsky” consiguieron propinarle un par de puntapiés en el trasero.

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En una misma página, dos pacientes lesionados. Arriba, el creador del Ejército Rojo yace inconsciente o muerto, con un vendaje que le ciñe toda la subversiva cabeza. Tiene los ojos cerrados y se ve demasiado intranquilo, como lo quería su ex camarada, el arrepentido seminarista Stalin. Debajo, en un cuarto contiguo, nos mira con un solo ojo el ya asesino Mercader del Río. Parece un animal asustado. El otro ojo y toda su cabeza están cubiertos por la nívea gasa sanitaria. La mano ejecutora – incluso los izquierdistas apelan en estos casos a la derecha- no se ve, pero la otra también está vendada, porque en su postrer rugido el León logró mordérsela. Contaba aún con una espléndida dentadura atea y casi se la arranca.

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Presentado a la prensa por la policía. Mercader presenta un aspecto deplorable; ojeroso bajo el vendaje, una barba rala le azota el mentón. Aunque se afirma que fue “sometido a intensos interrogatorios”, el oficial vestido de civil parece atenderlo paternalmente. Nunca sacarían nada de él. En la carta-confesión que portaba, a la manera de un suicida, el estalinista catalán se declaraba “desilusionado por Trotsky”. Como en un crimen pasional. El plan daba por supuesto que la pérdida del conocimiento sería inmediata al picoletazo, pero el Profeta Desterrado: “empezó a chillar como un puerco, y los guardaespaldas me cayeron encima”.

Afuera, su madre Caridad y su amigo Eytingón lo esperaban con el carro en marcha, como en los atracos gansteriles.

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Convalece en el Hospital de la Cruz Verde de la Ciudad de México. Unas manos de enfermera le hacen la curación de las lesiones recibidas en la cabeza por los culatazos de los hombres de Trotsky. En el instante perpetuado por la foto, el asesino Mercader sufría bajo el alcohol desinfectante.







JACQUES MORNARD VANDENSDRESCHED o FRANK JACKSON.
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La sentencia de la Sexta Corte Penal contra


Veinte años de prisión que, bajo cualquiera de sus muchos heterónimos, sirvió disciplinadamente Jaime Ramón Mercader del Río. Entre los Letrados de la defensa, sobresale la Dra. Ofelia Domínguez, cubana y militante comunista, quien llegó a la Ciudad más Transparente portadora de miles de dólares facilitados en La Habana por la Embajada soviética para cubrir los gastos del proceso judicial. Su misión original (infiltrarse junto a Trotsky) tuvo que alterarse a raíz del fallido asalto comandado por Siqueiros. Entonces, a solicitud de Leonid Eytingón, aceptó convertirse en asesino solitario.



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Aquí lo vemos matando el tiempo en el taller de electricidad de la cárcel de Lecumberri en el D.F. Es un técnico eficiente y un hombre serio, de gafas que no ocultan sus gruesas cejas. Viste el overol de mezclilla de la prisión y está esmeradamente rasurado. Repara un radio de bombillos. En otra de la misma época, platica locuazmente con un cuate de la prensa mexicana.

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Caridad, recién llegada a Moscú en 1941. Está más gorda que nunca y la foto, soviética, le concede los beneficios del retoque. Viene de haber cooperado para librar a la Causa de su más peligroso enemigo, aunque para ello haya convertido a su hijo Ramón en un asesino político, pero es la única de sus imágenes donde se le ve plácida y relajada, con una expresión como de Gioconda traducida al ruso. Caridad acaba de llegar a la Gran Patria de los comunistas del mundo.

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Caridad del Río dirigiendo una arenga a los voluntarios españoles del Ejército Rojo. Sobre el bolsillo de su chaqueta bolchevique, del lado del seno intacto, lleva colgada la Orden Lenin, otorgada por Stalin. Es Moscú, 1942. Caridad parece una émula de La Pasionaria, pero no alcanzará nunca la notoriedad de la Ibárruri. Pese a ser de seguro la primera cubana condecorada con esa Orden, permanece aún hoy totalmente desconocida en la Cuba socialista.

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1944. Ya Caridad conoce la esencia del socialismo estalinista. Tres años disfrutando de la URSS han hecho de ella una grave anciana. Resalta la intensidad de su mirada y la concisa boca de labios finos que ahora se niega a la sonrisa. Va para México, a gestionar con sus amigos comunistas la libertad de Ramón. Sin embargo, es un esfuerzo desesperado que sólo conseguirá estropear las gestiones, al atraer la atención sobre el Caso. Caridad ya sabe que ella sirve para destruir el Capitalismo pero no para construir el Comunismo. Nunca volverá a residir, permanentemente en la URSS, pero morirá con un gran retrato de Stalin en la cabecera de su lecho de París, rezongando por “morirse primero que Franco”.

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Ramón ha salido del presidio y abraza a la mujer mexicana que lo ha atendido solícitamente a lo largo de toda su reclusión, primero como asalariada de la Embajada soviética y después como su Sra. Esposa. Con el brazo izquierdo sostiene a la bebita que han adoptado porque ella, Roquelina Mendoza no puede engendrar. La pequeña fallecerá poco después y el matrimonio adoptará a otros tres niños: Laura, Jorge y Arturo, quienes acaso residan aún en Cuba, si no se han acogido a las nacionalidades de sus padres.

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La caligrafía de Mornard. Es un facsímil de su carta al Lic. Gustavo Díaz Ordaz, fechado el 23 de marzo de 1960, donde le manifiesta “con todo respeto que no tiene ningún inconveniente en ser entregado a las autoridades diplomáticas de Checoeslovaquia.” Será puesto en libertad el 6 de mayo de 1960. Viajará a La Habana, donde enseguida el feliz matrimonio tomará un carguero soviético rumbo a la URSS. Recuerdo que tanto su libertad como su escala habanera no pasaron inadvertidos para el vespertino Prensa Libre. A partir de su arribo, asumirá el último de sus seudónimos, un discretísimo Ramón López que ya lo acompañará hasta la sepultura.

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La familia Mercader-Mendoza, en su apartamiento moscovita, durante una fiesta familiar. Ramón, de chaleco y corbata, se ha quedado calvo, pero la distancia del lente no permite apreciar las cicatrices de los culatazos. Roquelina es una robusta trigueña de expresión campechana, a quien el idioma ruso no le entrará nunca ni se aclimatará a Moscú. Sobre la mesa, el cake, que mi gula adictiva quiere del delicioso chocolate ruso. Mercader, quizás por esa neurosis crónica que acompaña a quienes han cumplido largas condenas, vive prácticamente encerrado en su piso. Luego se dice que se desempeñó como bibliotecario y el gran poeta cubano Heberto Padilla fabulaba haberle sido presentado por su cordial Evtuchenko. Roquelina tiene que haber visto abrirse los cielos cuando, a mediados de los 70, vinieron a establecerse definitivamente en La Habana.

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Volemos a encontrarnos con Caridad, desdoblada ahora en cariñosa abuela, dándole la toma de leche a su nietecito, hijo de Montserrat Mercader del Río, su única hembra. Está mucho más delgada y nada recuerda en ella a la ardiente militante de otrora. Corren los inquietos 60 y Caridad alterna el cuidado de la prole con sus labores en la embajada cubana de París, donde el también santiaguero y algo catalán, músico y diplomático Harold Gramatges la ha encontrado. Según Guillermo Cabrera Infante, fungía como portera- y acogía amablemente a la crema y nata del Trotskismo francés- pero su hijo Luís nos precisa que Caridad era la encargada de relaciones públicas, lo cual, revolucionariamente hablando, no contradice lo dicho por Caín.

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Es 1962, el año de la Crisis de Octubre. Caridad ha venido a Cuba y está sentada al pie del grupo escultórico de Gelabert que embellece el pórtico del Hotel Riviera. Ya es una anciana trabajada por los años. Tampoco para ella vivir la vida fue cruzar un campo.
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Reunión de tres hermanos en un bosque próximo a Moscú. Están de pie sobre la nieve pura “que no ha dejado de caer en Rusia desde que el joven Pushkin”…Ramón lleva una cámara Leika colgada al pecho. Los otros, Jorge y Luís, van de completo uniforme siberiano. Es el invierno de 1965.

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La última foto vital de Caridad. De perfil, con un cigarrillo bogartdiano consumiéndosele en la comisura de los labios, pinta. No se ve qué, en un jardín parisiense. Lleva una holgada blusa blanca y unos levísimos quevedos ayudan a sus ojos a plasmar su inspiración sobre el lienzo. Ojalá la pintura le haya sido menos siniestra que la vida.


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Más celebraciones familiares en el apartamiento de Ramón. Preside la mesa y escucha afable a sus parientes, aunque no sonríe. En ninguna de estas fotos aparece Ranquelina. Acaso fuese la fotógrafa, o estaría asegurando el avituallamiento en la cocina. No obstante, sabemos que ni Luís, su hermano, ni Galia, la rusa esposa de este, simpatizaban con la mexicana, “con la india” decían y hubiesen preferido “una robusta coneja rusa que lo llenase de hijos”. El baño del apartamiento, cercano a la Plaza Kírov, no era compartido con ninguna otra familia, lo cual ya constituía un privilegio. Incidentalmente, sobre la mesa hay teteras, copas y algunas golosinas, pero no tantas botellas como en una genuina fiesta eslava, a lo Pedro el Grande. Ramón, como todos los sacerdotes de la Inteligencia, recelaba de la abstinencia etílica. “Desconfía del hombre que no bebe”, me repetía en La Habana mi entonces suegro y siempre mentor literario Alberto Martínez Herrera.

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Aquí tenemos a nuestro hombre por fin en La Habana. Se trata de un acto cultural por el Día Internacional de la Mujer, en una dependencia del MININT donde, para no anquilosarse, colaboraba Ramón López como asesor de operaciones especiales y, según él mismo, como corrector de estilo en los documentos oficiales del Ministerio. Lleva un saco deportivo sobre camisa blanca sin corbata y pantalón claro. Lleva gafas oscuras y observa, rodeado de más de tres inconfundiblemente bellas cubanas, el jolgorio. Le restan poco más de dos años de vida. Sufre de fiebres vespertinas recurrentes, pero en sus sesenta y tres años aún se ve fornido y bien plantado. En la muñeca izquierda lleva puesto el reloj de oro, obsequio especial del KGB, con la inscripción AL HEROE DE LA UNIÓN SOVIÉTICA RAMÓN IVANOVICH LÓPEZ. Es el reloj que despertó posteriormente la suspicacia de su hermano Luís, ya que poco después de habérselo ceñido a su muñeca, comenzó Ramón a confrontar problemas en su pulmón izquierdo. A su espalda, aparece un joven negro vestido de verde olivo, que debe ser Borrell, su chofer cubano. Las homenajeadas, alrededor suyo, seguramente no tenían la más mínima idea de quién era en realidad aquel “compañero revolucionario hispano-soviético”.

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Facsímil de una de sus últimas cartas, dirigida a su hermano Luís. Con una lupa de filatelista-mi previsora mujer, Felina María fue capaz de adquirirla- puede leerse la referencia a la condición puesta por el entonces líder del PCE Santiago Carrillo para el retorno de Mercader a España: que escribiese sus memorias, la cual fue tajantemente rechazada por Mercader: “Yo siempre he sido leal para conmigo y para con quienes he trabajado y no puedo ahora, para “ganar mi vida” ser desleal.


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Un año antes de su muerte, Ramón Ivanovich López encara al fotógrafo en La Habana. Es un sesentón de cejas briosas y conserva indemne la semisonrisa característica de la familia. Luce en la solapa izquierda del saco la Estrella Roja de Héroe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que a veces le servía en Moscú para evitarse las desagradables colas. ¡Insólito Plan Jaba Moscovita! La foto está dedicada a su amigo Eytingón:
Querido Leonid: gracias por tu amistad. Estoy orgulloso
De haber podido trabajar bajo tus órdenes.”
La fidelidad militante de Mercader hubiese satisfecho incluso al propio León Trotsky, de no haber mediado entre ambos el picolet sangriento.

30

Estamos ante su modesta tumba, en el Cementerio moscovita de Kúntsevo, próxima a la del célebre espía inglés Kim Philby. La inscripción en ruso es escueta en extremo. El primer síntoma de la enfermedad que terminó con él a los 65 años – tres o cuatro más que su víctima de 1940- fue la fractura “natural” del brazo izquierdo. Cuando el muy capacitado personal del Hospital Ortopédico Fructuoso Rodríguez de La Habana procedió a reconocerlo, halló que el hueso estaba podrido por el carcinoma óseo. Su último deseo fue reponerse y volver a Cataluña “aunque sea para barrer las calles de Barcelona”. Pero, a mediados de octubre de 1978 dejó definitivamente de ser un hot potato para amigos y enemigos. Acaso esa ardua condición de papa caliente de la que nunca pudo desprenderse, fuese el mayor castigo para el joven de 26 años convertido en asesino por la pasión política. Jaime Ramón Mercader del Río había nacido en Barcelona el 7 de febrero de 1913. Era Acuariano.
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