jueves, 28 de mayo de 2009

LOS LIMONES DE LA LIMONADA, Víctor Manuel Domínguez



Centro Habana, La Habana, 28 de mayo de 2009, (SDP) Cuando las promesas no arruinan soñar no cuesta nada. Y los cubanos estamos condicionados a creer lo que nos prometan, aunque los sueños terminen en pesadillas.

Es difícil encontrar a un ciudadano del país que no haya sido defraudado en sus desatinos oníricos. Nadie se pasea impune por esta selva de proyectos donde las fieras de la desilusión se dan banquete con las penas.

Y no hablamos de sueños de príncipes y princesas azules, ni de un yate anclado en la marina Hemingway después de haber guardado el auto en el garaje de un apartamento en el reparto Kholy, realizaciones oníricas sólo posibles para una humilde prostituta y su proxeneta, un condecorado militar, un músico de la élite, o el gerente de un hotel.

Nos referimos al mínimo sueño de quienes llegaron a sentirse dueños de la tierra, los pequeños comercios, del santo y seña para levantar una casa, o decidir su destino al hacerse doctor, un albañil, o imaginó una vida sin complicaciones como amolador de tijeras.

Todos fueron y son golpeados de una u otra forma. O los aplastan las prohibiciones, los cambios de clima o de medidas, el derrumbe de algo allá en Nepal, o la subida de otra cosa en Turín o en Perú.

Cuando más embullados se encuentran con lo mínimo prometido (en el pequeño espacio para respirar y morir), allá te vienen con nuevas posposiciones y recaídas que hacen soltar las tiras de los sueños.

Ahora resulta que después de una exitosa y bullanguera revolución energética pueden volver los apagones. Y con ellos, el sálvese quién pueda sentado en el muro del malecón, echándose agua sobre el cuerpo en la penumbra de un solar, o a punto de la deshidratación en una barbacoa.

La nueva consigna de Ahorro o Muerte para quienes sólo han podido guardar sus frustraciones resulta más difícil que pedirles peras al olmo y sacarle aceite a una piedra.

Y más cuando son las ineficientes empresas estatales las que derrochan y sus directivos los que consumen, mientras el pueblo paga los platos rotos.

De nada sirve el llamado a que no cunda el pánico ni el desaliento, lanzado desde las bien iluminadas oficinas del semanario Trabajadores.

Tampoco que culpen a la prensa extranjera, a la oposición dentro de Cuba, y por supuesto al imperio de querer subvertir la tranquilidad ciudadana.

Son los dadores alegres de promesas que no arruinan quienes desde sus excesos o acciones demagógicas hipotecan los sueños a los que nunca han tenido otro recurso para mal vivir.

Ya el fantasma del desabastecimiento que generan los apagones, la falta de recursos financieros, la caída en picada de los precios de productos de exportación en un país que importa hasta el 72 por ciento de los alimentos, recorre las zarandeadas inquietudes de cualquier ciudadano de la Isla, aunque hasta el momento no pase nada.

Pero cuando las palabrerías y las justificaciones comienzan a fluir desde la desafinada interpretación coral de los medios nacionales de comunicación, los cubanos nos preparamos para lo peor.

Nunca las buenas nuevas llegaron a un final feliz o tuvieron permanencia en Cuba. Sin embargo, las malas rebosan de longevidad y se acuartelan en cada espacio de la nación.

El anuncio de estrictas medidas de ahorro energético para todo el país, junto con otras de carácter organizativo en una isla que flota entre la penumbra de las limitaciones y el caos, nos dispara la alerta.

Por eso, ante el cínico optimismo manifestado por un entusiasta escribidor que parafrasea una sentencia popular cuando dice si la crisis solo nos da limones, hagamos una buena limonada con ella, el pueblo se pregunta: ¿Y dónde están los limones?
vicmadomingues55@gmail.com


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