jueves, 21 de mayo de 2009

VÍCTIMAS DE LA NO INSTITUCIONALIDAD, Guillermo Fariñas


Villa Clara, Santa Clara, 21 de mayo de 2009, (SDP) La historia conocida hasta ahora muestra y recopila a millones de víctimas en las fallidas construcciones del comunismo. La recurrencia en cuanto a la factibilidad de hacerle daño a sus semejantes es una condición sine qua non para edificar al socialismo.

Dentro de los sacrificados en este tipo de errático sistema social llaman poderosamente la atención aquellos que en su momento fueron fervientes partidarios del comunismo que finalmente los devoró. Estos mártires a manos de sus antiguos compañeros de ruta se hacen hechos degradantes por paradójicos.

Recuerden aquella anécdota al regreso del avión de Cubana de Aviación, con el diplomático José Imperatori, recién expulsado de Estados Unidos de América. Cuando al pie de la escalerilla Otto Rivero Torres trató de dar el parte al Dr. Fidel Castro, este le ordenó: “Sigue, sigue…. que me dé el parte Carmen Rosa”. Era una franca referencia a Carmen Rosa Báez, una de las personas de mayor confianza de las cercanas al líder histórico de la Revolución Cubana. Sin embargo, Rivero Torres era la persona de más jerarquía política en aquella aeronave y la sola voluntad de Castro lo anuló como fuente legal de poder.

Los miembros del llamado “Grupo de Apoyo al Comandante en Jefe” se convirtieron en un estado dentro de otro. Eran percibidos como entes supra poderosos, incluso por encima de ministros e integrantes del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (CC-PCC).

Al necesitarse dirigentes político-administrativos para asumir tareas en el aparato del estado castrista, precisamente eran escogidos los asociados de mayor veteranía en el Grupo de Apoyo. Esta entidad, creada para satisfacer las necesidades de poder egolátrico de Fidel, también era un trampolín hacia altos cargos.

Así, grandes personajes de la política fidelista se formaron al interior del Grupo de Apoyo, como son los casos de Carlos Lage Dávila, Roberto Robaina González, Felipe Pérez Roque o Carlos Manuel Valenciaga Díaz. Ellos eran una especie de cófrades secretos que usaban y abusaban del mando en nombre del comandante.

De ellos algunos ya poseían cargos de un modo institucionalmente establecido por las leyes nacionales vigentes, pero la fuente de su autoridad ante los cubanos de a pie provenía de su proximidad a Fidel. No eran ministros o integrantes del Comité Central cualesquiera, eran los hombres y mujeres que miraban por Fidel.

Unos salieron de la palestra política cubana sin hacer mucho ruido, como si se tratase de fantasmas silenciosos, mientras que otros aparecieron defenestrados en el propio periódico oficial Granma, como para dar comienzo a la próxima y recurrente cacería de brujas en el sistema castrista.

A pesar de los costos políticos cayeron en el oprobio de ser descalificados personalmente por ese tótem político que todavía es el Dr. Fidel Castro Ruz. Ahora sus nombres equivalen y son equiparados a los tantos y tantos traidores inmundos con que cuenta la historia de la Revolución Cubana.

El problema en sí, de ellos y de otros que ya fueron, así como de los muchos que pasarán en el futuro por esto, mientras exista el castrismo cual sistema estatal. Es que la validez de ser “revolucionario” o “contrarrevolucionario” depende de las calificaciones de los hermanos Castro.

Edificar al socialismo se asocia a aquella fatídica doctrina de José Stalin que rezaba: “En la medida que avanza la construcción del socialismo, más enemigos internos surgirán y se le opondrán”. De ahí, el aplastamiento mediante una brutal represión de los disidentes al interior del Partido Comunista Soviético.

Aquí en Cuba, ha gobernado un excelente discípulo de Stalin por la nimiedad de algo más de media centuria. Cierto es que los recién vapuleados ex dirigentes dejaron de contar con el aval del líder histórico Fidel Castro: ya con eso es suficiente para ser víctimas de la no institucionalidad.
cocofari62@yahoo.es

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