jueves, 7 de mayo de 2009

LAS AVENTURAS DE ROBINSÓN CRUSOE: UNA TRAGEDIA CONTEMPORÁNEA, Ramón Díaz-Marzo


Habana Vieja, La Habana, mayo 7 de 2009 (SDP) Existe un libro peligroso que nadie debiera leer, pero la gente cree estar preparada para saber la verdad y hay realidades de las que mejor sería no tener noticias. Las aventuras de Robinson Crusoe quizás sea el único libro que indirectamente ha propuesto una verdadera solución a personas demasiado complejas.

Conozco a un joven que a los 19 años leyó esas aventuras. Es cierto que fue como una gigantesca y primera oleada de luz, pero también fue un espejo donde le mostraron su soledad como destino. De cuando en cuando penetraron otras luces que lo alimentaron, pero acentuaron aún más su soledad. El mundo estaba dominado por personas mayores que no compartían con él su primer amor: la literatura.

El dilema de aquel joven fue que se negó desde el principio a dejar de ser niño. Durante las semanas empleadas en devorar el libro de Daniel Defoe, sintió que sus padres y la realidad que él había percibido desaparecían para ceder espacio a una dimensión desconocida. El joven, se había transfigurado en el propio Crusoe. En aquella isla pudo ser libre, independiente, soberano. Entonces aquel joven tomó un rumbo equivocado. Comenzó a creer que el poder que le otorgaba la soledad de su isla era la única solución para su plan de seguir siendo niño. De tal modo, la crisis vino cuarenta y nueve años después. La isla sólo había sido una imagen, un montón de palabras genialmente colocadas.

El joven continuó rebelándose contra la autoridad de las personas mayores. Ya sabía, después de haber vivido en su isla imaginaria, que el mundo era arbitrario, ignorante, y estaba movido por las fuerzas ciegas de pasiones terribles, de manera que su soledad se afincó como un puerto seguro en su alma grandiosa, infantil.

Pero no toda la experiencia del joven con el libro fue negativa. Él había observado que la conducta de Robinson Crusoe para sobrevivir en medio de su isla solitaria, se había apoyado en el sentido común, y la increíble novela de Defoe se convirtió en una vara con la que midió y enfrentó los peligros de la guerra.

De todas maneras la Isla, como regla de medición, no le impidió al joven, en el inevitable adiós a la infancia, cometer los mismos errores y desaciertos que había vislumbrado en las personas mayores. Pero le sirvió para evitar, esquivar y saltar por encima de las innumerables trampas que los dioses siempre colocan dentro del laberinto de las existencias señaladas por la Historia.
ramon597@correodecuba.cu

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