jueves, 30 de julio de 2009

ÁRBOLES, Luis Cino



Arroyo Naranjo, La Habana, julio 30 de 2009 (SDP) Lo más positivo del discurso del general Raúl Castro el 26 de julio en Holguín fue el llamado a sembrar árboles en las tierras que no sean aptas para producir alimentos. ¿Alguien duda que sean preferibles los árboles al marabú? Al menos servirán para guarecernos del sol y sentarnos a su sombra a comer mangos (si no hay otra cosa que comer, si es que hay mangos) a esperar el fin de tanto desastre. Eso si antes, con tanta desesperanza, no nos da por ahorcarnos en una rama.

Hace 40 años, brigadas mecanizadas del ejército arrasaron de un extremo a otro del país con la mayor parte de los árboles. Era preciso plantar caña para la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar que no fueron. En el caso de La Habana, los árboles (en su mayoría frutales) que rodeaban la ciudad fueron derribados para sembrar café caturra, que finalmente no prosperó. Hoy apenas hay frutas ni árboles y la industria azucarera, que era la principal de Cuba, está arruinada.

Es como si todas las plagas (además de los cada vez más frecuentes huracanes) azotaran al unísono y sin piedad a Cuba. Hay que comprar al contado la mayor parte de los alimentos “al enemigo imperialista”; los jóvenes no quieren trabajar ni tener hijos, sino irse del país; hay doble moneda y doble moral, no alcanzan los salarios ni las viviendas y aumentan el robo y la corrupción.

Ante el cúmulo de problemas nacionales para los cuales no hay solución que cuaje (no pueden cuajar las mismas viejas fórmulas fallidas), uno de los mejores periodistas de la prensa oficial se preguntaba recientemente: ¿en qué nos equivocamos?

Los mandarines verde olivo se equivocaron absolutamente en todo. Lo peor es que no dan la menor muestra de estar dispuestos a “cambiar todo lo que deba ser cambiado”. Los cambios estructurales que anunció el general Raúl Castro el 26 de julio de 2007 en Camaguey, no asoman por ningún lado. Por el contrario, el estalinismo regresa a marcha forzada sobre el lomo con mataduras de viejos mulos que creen tener la eternidad por delante. Los retranqueros del inmovilismo apagan con minuciosidad cada uno de los bombillos rojos que se encendieron, fugaces y tímidos, en los simulacros de debates monitoreados por el Partido Único.

Pero los fieles del castrismo, con la paciencia de Job, siguen a la espera (o simulan estarlo) del despegue de la astronave con agujeros en el blindaje y pilotada por Los Jefes. Como si no hubiera habido sobradas decepciones antes y esta vez sí se fuera a realizar el milagro de que emprendiera vuelo en el último minuto hacia un futuro de prosperidad.

¿Por qué pensar que los que durante medio siglo crearon los problemas con sus frecuentes equivocaciones son los más indicados ahora para resolverlos? ¿Por qué Los Jefes irreprochables van a cambiar? ¿Acaso no son infalibles?

¿Será mejor comprendido por los cubanos el Compañero Fidel que escribe reflexiones que el Máximo Líder de los largos discursos? ¿Alguien cree que las exhortaciones a trabajar y la frase “sí se puede” van a elevar automáticamente la productividad y la eficiencia y acabar con el marabú? ¿Conseguirán acabar con el robo y la corrupción? ¿Se impondrá de pronto la virtud? ¿Será el pluriempleo la solución para poder comprar un par de libras más de boniato y picadillo de soya condimentado?

¿Conseguirán las pruebas ortográficas y el refuerzo de jubilados para apoyar a los maestros emergentes, que dejemos de ser la horda mal hablada, desarrapada, cínica, amoral y hambrienta en que nos convirtieron para transformarnos al fin en un pueblo digno, culto y feliz?

Por mi parte, pesimista que soy, lo dudo. Por suerte, vivo en un barrio sub-urbano donde abundan los árboles. Adicionalmente, he plantado algunos en mi patio, tal y como aconseja el general Raúl Castro. Ninguno es de mango, pero dan sombra y sus ramas son lo suficientemente fuertes para soportar el peso de un desesperado.
luicino2004@yahoo.com