jueves, 30 de julio de 2009

EL HOMBRE EN LA ESCALERA, Ramón Díaz-Marzo


(Fragmento del libro inédito “La Calle de los Obispos”)
A mi madre le gustaba salir todas las noches y recorrer las tiendas de la ciudad. Éramos pobres, pero mi madre era una mujer joven y había tenido la suerte de encontrar a una buena mujer de la clase media nombrada Berta que la contrató como criada a pesar de mi existencia. Las criadas de entonces, para poder ser contratadas, no podían tener hijos. Y si tenían hijos no podían llevarlos a la casa donde fueran a trabajar. Pero Berta del Río me aceptó y que yo recuerde me trató como un hijo.

Nosotros íbamos a los cines más baratos, a las exposiciones, y nos sentábamos en el parque de la Fraternidad y el Paseo del Prado. En aquellos años mujeres con sus hijos y sin cónyuge, solían sentarse en estos parques y hacían amistad. Que yo recuerde siempre yo encontraba a otros niños que iban con su mamá y nos poníamos a jugar.

Una noche cuando regresábamos a nuestro pequeño cuarto de la calle Neptuno, mientras mi madre subía la escalera cargándome yo vi a un hombre de guayabera que subía la escalera tras nosotros. Como mi madre me cargaba yo podía mirar hacia atrás mientras que mi madre miraba hacia delante. Recuerdo que cuando vi al hombre subir tras nosotros se lo dije a mi madre la cual se volvió inmediatamente y no vio nada. Yo creo recordar que a pesar de que mi madre decía que no veía nada yo estaba viendo al hombre. Cuando pasaron los años y aprendí un poco más de la vida supe que existían los recabuchadores, los mirones, y los disparadores. Entonces un día le dije a mi madre que seguramente el hombre que yo vi era un recabuchador. Mi madre me dijo que mi conclusión sobre el asunto tenía lógica, pero ella recordaba muy bien que mientras ella se volteó y no veía a ningún hombre yo continuaba insistiendo que allí mismo, unos escalones más abajo estaba el hombre mirándonos, detenido en la escalera, con su impecable y blanca guayabera que terminaba en una pajarita que le abrochaba el cuello almidonado y un sombrero de jipijapa.

Años después varias veces fui al lugar y descubrí que la entrada de la escalera tenía una vuelta donde perfectamente cualquier persona podía ocultarse de quien estuviera subiendo. Se lo dije a mi madre otra vez, pero ella insistió en que nosotros esa noche estábamos llegando casi al final del primer peldaño y que el hombre que yo vi estaba a mitad de la escalera, no al principio, lo cual desbarataba mi teoría de que fuera un recabuchador que cuando mi madre se volteó se escondió. Y en efecto. El hombre, que también usaba bigotes y era de complexión fuerte, yo recuerdo haberlo visto a pocos metros de nosotros y no al principio de la escalera. Y mi madre para terminar de convencerme me ha preguntado siempre si yo no recordaba al hombre que vi cuando vivía en la casa de Industria a pocos metros de Lezama Lima, y yo sólo tenía un año y varios meses, y ya hablaba clarito, y mi madre estaba en la cocina y yo, detrás de ella, le dije: Mamá, hay un hombre detrás de ti.

Cuenta mi madre que yo no podía estar diciendo mentiras con tan corta edad y que cierta vez una espiritista le dijo que yo tenía media unidad; es decir, facultades clarividentes o parasicológicas.
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