jueves, 16 de julio de 2009

¿DONDE ESTÁN LOS BITONGOS? Luis Cino




Arroyo Naranjo, La Habana, julio 16 de 2009 (SDP) Refiere mi amigo el escritor Ramón Díaz Marzo que supo por un adolescente que la juventud cubana actual se divide en dos grupos, cuyos nombres en inglés olvidó porque no llevaba consigo la grabadora ni su libreta de apuntes. Supongo que se refería a mickeys y repas (diminutivo de “repartero”, que no es precisamente una palabra inglesa). En todo caso, faltan las otras tribus urbanas que han proliferado en Cuba como pulgas en un perro, porque muy a pesar de los mandarines, en la isla crece la diversidad.

Cuando leí la crónica “Guapos y Bitongos” (aunque me cause angustia, no puedo resistir la tentación de leer todo lo que escribe Díaz Marzo), me asaltó una duda: ¿aún quedan bitongos? Creía el término extinguido, si acaso limitado a casos de muchachos excepcionalmente mimados.

En mi niñez, llamaban bitongos a los hijos de los burgueses. La mayoría se fueron del país con sus padres. Eran tiempos de aguda confrontación clasista. Recuerdo que se hablaba de una pandilla juveníl que llamaban Los Jackets Negros a quienes culpaban (incluso el Máximo Líder) de sabotajes y todo tipo de fechorías. En realidad, eran muchachos que amaban las Harley Davidson, los tupés a lo James Dean, la música de Elvis y bailar el twits. Sólo por eso, muchos fueron a parar a la cárcel, varios años antes de la creación de las UMAP.

Nuestra adolescencia discurrió en un país con forma de campamento militar donde todo cambiaba a la velocidad de los caprichos, apuntados a un futuro que nunca llegó, de voluntariosos guerrilleros barbudos que vestían de verde olivo. Nos debatimos en opciones riesgosas para nuestros destinos, entre los manuales de marxismo-leninismo, los carteles del Che Guevara, las canciones de los Beatles y Silvio, el pato Donald, los muñequitos rusos, el ataque yanqui que nunca se produjo y el idioma inglés aprendido a través de las emisoras de radio de la Florida.

A duras penas sobrevivimos al asedio de profesores, policías y responsables de vigilancia de los CDR que velaban por nuestra albura ideológica. Por si fuera poco, había entre nosotros una perenne lucha entre gatos y perros, callejeros, mal nutridos e indóciles. Una guerra enfrentaba a guapos y pepillos, al ambiente contra la onda. Y la policía contra todos.

Los bandos estaban delimitados. Los guapos de Párraga, Mantilla y San Miguel del Padrón, con motas y flat top, casquillos de oro y platino en los dientes, pantalones batahola y zapatos apaches contra los pepillos de La Víbora, Santos Suárez, Alta Habana y El Vedado, con melenas y pantalones acampanados. Unos bailaban casino con Revé, los Van Van y la Monumental. Los otros se contorsionaban sicodélicamente con el rock de Led Zeppelin, Deep Purple, Grand Funk Railroad o durante los 17 minutos que duraba Get ready.

Las broncas estallaban por cualquier motivo en fiestas o campamentos de escuela al campo. Las armas eran, además de los puños, botellas, navajas o cinturones anchos de enormes y contundentes hebillas.

El clímax de los enfrentamientos fueron los carnavales de julio de 1970. El gobierno los organizó para celebrar la zafra de los 10 millones que no fueron. Antes de dedicarnos a convertir, una vez más, el revés en victoria, nos merecíamos un poco de diversión. Mientras lloraba el perico y se meneaba el agua en la batea, (oh Marilú, american woman, mama let me be) llovían las bengalas, los navajazos y los palos y cascazos de la policía (que por entonces usaba cascos blancos para cuidar las fiestas públicas).

En 1980, el Mariel mostró a guapos, pepillos y gays, que tenían un enemigo común que los calificaba de escorias y los echaba a patadas de la patria socialista. Daba igual como bailaran, vistieran o llevaran el pelo. Habían defraudado las expectativas del Máximo Líder.

Quedó claro que la construcción del comunismo era tarea para hombres libres de elegir entre la universidad sólo para revolucionarios, la guerra de Angola, los domingos rojos en la agricultura, las microbrigadas o las rejas del Combinado del Este.

En sus laboratorios, los mandarines no obtuvieron exactamente el hombre nuevo que planificaron sino raros (a)seres. Hablan a gritos en jerga extraña, beben chispa de tren, bailan reggaeton, medran en la ilegalidad, se obsesionan con la sociedad de consumo y tienen una incurable tendencia a emigrar a donde quiera en cuanto objeto flote sobre el mar.

Los adolescentes cubanos del nuevo siglo (freakies, rastas, emos, mickeys o repas), todos son nietos de la desilusión. Amorales, materialistas, cínicos, violentos y hedonistas. No son felices y no lo ocultan. Los que no saben rechazar de plano al sistema, lo ignoran olímpicamente.

¿Y quienes son hoy los bitongos que dice Ramón Díaz Marzo? ¿Acaso los hijos de papá? No lo creo. Son hijos de comunistas, pero no bobos. Porque muchachos bien siempre hubo, desde que tengo uso de razón. Sólo que no con tantos lujos y privilegios como ahora.

Conocí a muchos (eran mayoría) que sin ser hijos de la elite usaban el pelo corto, participaban con más o menos entusiasmo en las tareas políticas orientadas, estaban conformes con el pop español que permitían en la radio y habían pedido la mano de novias que por añadidura eran vírgenes. A pesar de tanta corrección, no pasaron de ser simples cheos municipales.

Sin embargo, conocí en los 70 a un melenudo hijo de papá que estudiaba en la Escuela de Letras, tenía amigos hippies y se volvía loco por la música de Janis Joplin. No estoy seguro si es él, porque pasó mucho tiempo y ha cambiado mucho, pero creo que hoy es ministro de algo…Y entonces, Ramón, ¿dónde están los bitongos?
luicino2004@yahoo.com