jueves, 23 de julio de 2009

EL BAILAOR DE LA CATEDRAL, Miguel Iturria Savón




El Cotorro, La Habana, julio 23 de 2009, (SDP) En el portal de uno de los edificios coloniales que escoltan la imponente Catedral de La Habana encontramos la escultura de bronce de Antonio Esteve Rodenas, más conocido por Antonio Gades, quien estuvo muchas veces en nuestra isla, bailó con Alicia Alonso, fue compadre de Raúl Castro, recibió la Orden Nacional “José Martí” y reposa en el Mausoleo del Segundo Frente Oriental.

“El bailaor de la esencia andaluza” era madrileño pero bebió en las fuentes de la tradición flamenca, exaltaba su origen obrero, militó en la izquierda separatista de Cataluña e integró el Partido Comunista de los Pueblos de España, donde conoció en 1949 a la célebre Pilar López, quien lo sumergió en el folklor español por “sus dotes naturales y su exquisita pureza”.

Gades era tan comunista como Picasso, comunistas con fama, dinero y libertades para crear y viajar por medio mundo. Su pasión por la obra de García Lorca y Lope de Vega modeló la imagen gitana que proyectó en coreografías como “Carmen”, “Los tarantos”, “Amor brujo”, “Bodas de sangre” y “Flamenco”, llevadas al cine con su propia compañía bajo la dirección de Rovira Beleta y Carlos Saura.

Cuando vino a Cuba por primera vez, ya había triunfado en Roma, Milán, Madrid, New York, París, Londres, Tokio y Buenos Aires. A mediados de los setenta era muy conocido entre nosotros por sus películas. Fue una de las primeras figuras que bailó en el Anfiteatro del Parque Lenin en 1975. Volvió otras veces, impartió clases magistrales, actuó en la Sala García Lorca y en otras locaciones del país, donde fue venerado por el magnetismo de su obra danzaria y por su filiación política.

El bailarín Antonio Gades, como el poeta Rafael Alberti, integra la nómina de artistas utilizados por la diplomacia cultural cubana con fines legitimadores. Por conveniencia o filiación política, no debieron percatarse que mientras ellos encomiaban el discurso del poder, muchos creadores huían de la isla o eran excomulgados por no ser auténticos revolucionarios.

A Gades, como Alberti, Neruda, Niemeyer y otras luminarias atraídas por la luz del despotismo revolucionario, habrá que medirlos por su obra más que por los abrazos compartidos con Fidel o Raúl Castro. Cabe preguntar, sin embargo, ¿qué tenían en común el talentoso Antonio Gades y el prepotente Raúl Castro? ¿Por qué los restos del bailarín reposan en la bóveda que espera al vice tirano en Jefe?

Como tales respuestas son enigmas pendientes, los invito a ver al gran “bailaor andaluz” en la Plaza de la Catedral de La Habana. Allí, entre turistas europeos y mendigos cubanos, Gades repite que “el baile no es un ejercicio, sino un estado anímico que sale a través un movimiento”.
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