jueves, 16 de julio de 2009

UN BRAVO DE LA SIERRA, Richard Roselló



La Habana, julio 16 de 2009 (SDP) Cuenta un amigo del asentamiento La Julia, en Batabanó, que allí vivió sus últimos años, casi segregado en medio de un barrio de “llega y pon”, Mariano Piña Castellano, veterano combatiente de la Sierra Maestra.

A mediados de 1996, Piña Castellano llegó a Batabanó, procedente de Santiago de Cuba, tras sus hijos, residentes allí desde hacía tiempo. El anciano se instaló en una humilde casita de madera, donde un televisor, un frigidaire y un palmo de tierra para cultivar plátanos y calabazas resumían toda su fortuna y esperanza. Pero Castellano, lleno de voluntad y muy afanoso por complacer a los demás, vivió tras el surrealismo de los incomprendidos.

Al llegar a La Habana, con su mudanza, solicitó por correo a través de la Asociación de Combatientes de la localidad una reclamación de su expediente de combatiente a su lugar de origen, Santiago de Cuba. Pero, sorpresa... El expediente desapareció lo que significó que Mariano no podía, en aquella fecha, ser beneficiado con un aumento de sueldo de: 138 pesos a 300 pesos, según una Ley del Consejo de Estado. La vida estaba muy cara al punto de que un pomo de aceite costaba su sueldo completo.
Al no recibir respuesta, Piña envió a dos de sus hijas a verificar. Y nada. Fue personalmente y tampoco.

Castellano no había quemado todas las naves en busca del dichoso expediente. Pero el viejo, dejó pasar el tiempo y los años, sintiéndose, como un fantasma de la discriminación. Condenado por el ultraje, no podía creer que quien estuvo dispuesto a dar su sangre por la revolución sin pedir nada a cambio se le tratase así.

A veces con nostalgia rememoraba la contienda. Con 9 escopetas, un revolver y unos pocos cartuchos en septiembre de 1958, llegó a la Sierra Maestra a alistarse a las filas rebeldes que luchaban bajo la dirección de Fidel Castro contra el ejército del Presidente Fulgencio Batista. Fue detenido a su llegada por la tropa del médico veterinario Carlos Chang hasta que se comprobó su vínculo revolucionario como integrante de la juventud ortodoxa santiaguera.

Cuenta además, que, en medio de una operación de apendicitis sobre una mesa de cocina del campamento, se armó un tiroteo. Con la herida abierta tuvo que ocultarse bajo unas hierbas para no ser descubierto y fusilado por la tropa de Batista.

Aunque permaneció más de un año en la Sierra, nunca conoció personalmente a Fidel. Iba de un lado a otro, en varias tropas de choque, las que más enfrentamiento tenían con el enemigo.

Peleó bajo las órdenes del valiente Nino Díaz. Aunque ninguno fue más templado que Huber Matos, conocido por el hombre más bravo de la Sierra. Cuando sonaba un tiro, Matos era el primero en dar el paso al frente. Rememoraba haber tomado 9 cuarteles junto a Huber Matos. Atacaron con éxito: los de Puerto Boniato, Palo del Agua, Siboney, Alto Quintero, Songo la Maya, Bayamo, entre otros. Siempre daba mucho optimismo a sus hombres.“Arriba muchachos, que nos queda poco”, aunque estuvieran en el inicio de una batalla o en medio de un fuego cruzado.

Al triunfar la revolución de enero del 59, con el grado de Comandante, Huber Matos fue acusado de “traidor” y sentenciado a 20 años de prisión, que cumple, para luego marchar al exilio en Miami.

Los que combatieron a su lado, fueron enviados a la sombra sin grandes oportunidades. Castellano estuvo ente ellos. El humilde carbonero, se integró en una cooperativa de pescadores en Punta Gorda, Santiago de Cuba, donde trabajó más de treinta años y padeció la carestía cotidiana, distante de sus hijos. A su retiro, decidió venir a La Habana a reunirse con ellos.

Cuando ya lo imaginaban sepultado, cinco años después, Castellano regresó a Santiago a desentrañar el misterio de su desaparecido expediente. De tanto insistir, lo encontraron, nada menos que en la gaveta de los combatientes muertos.

Luego que el difunto resucitó, nueve meses después recibió el expediente reclamado. Pero ya no podría ser indemnizado por los seis años de estar ausente de la vida. ¿Quien lo desagraviaría por el tiempo perdido, la desatención y el disgusto?

Dos años pasaron antes que a Mariano le subieran el salario. Había arribado a sus ochenta abriles.

Para una de sus hijas, la ex presa política, Aurora Piña Fernández, el relato de su padre le sabe a historia rancia. “Mi padre le entregó la gloria a otros. Jamás pidió nada y nada tuvo. Excepto el amor de sus hijos… y el abandono de su patria. Murió creyendo en Fidel y la revolución”.
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