jueves, 30 de julio de 2009

PÓSTUMO ADIÓS AL PADRE MARIANO, Oscar Mario González



Playa, La Habana, 30 de julio de 2009, (SDP) Cuando la gente buena se va para siempre de esta existencia es como si la vida se empobreciera. Pese a cualquier otra consideración, la ausencia definitiva de alguien a quien respetamos y queremos es siempre un motivo de pena. La muerte violenta del padre Mariano Arroyo el pasado 13 de julio llena de dolor a todos los que le conocimos y con él compartimos.

Pero la pena se hizo extensiva a toda la comunidad católica de la Isla y en particular a la de Regla, donde se desempeñaba como párroco del Santuario Nacional de Nuestra Señora de Regla.

Desde el momento mismo de su asesinato, el suceso anduvo de boca en boca, adulterado por la fértil imaginación de un pueblo obligado al murmullo en forma de “bola”, que durante medio siglo suple a la censura más rígida imaginable.

Toda Regla quería al Padre Mariano, toda la Iglesia Católica, toda Cuba. ¿Cómo no quererle si con sus actos y con la palabra sembraba amor y buena voluntad por dondequiera que pasaba? Era de esos seres que vienen al mundo para mejorarlo y embellecerlo; para esparcir luz al anunciar comprensión y tolerancia ante las debilidades humanas.

Pero los que fuimos sus alumnos, en las clases de Historia de la Filosofía de los cursos sobre temas teológicos que ofrece el Instituto de Ciencias Religiosas Félix Varela, tenemos razones especiales para recordarle con gratitud y respeto.

Licenciado en Filosofía por las universidades Pontificia de Comillas y Complutense de Madrid, poseía una basta cultura que abarcaba el campo de las letras e incursionaba en el de las ciencias, como fundamento de un vasto conocimiento personal de la Filosofía, su evolución y su relación con el tema teológico.

Llamaba mucho la atención en el Padre Mariano, su humildad y su perenne disposición a reflexionar sobre cualquier aspecto filosófico o teológico dentro del mayor respeto hacia la opinión ajena. Siempre hurgaba en el argumento contrario tratando de encontrar el punto de justeza y acierto, sin nunca descalificar a nadie.

Quizás su sencillez estuviera sustentada en el hecho, por él repetido una y mil veces, de que la verdad no es privativa de ninguna doctrina o celebridad; de que sólo Dios tiene el privilegio, a si mismo concedido, de poseer la verdad y la certeza; de que a esa verdad nos aproximaremos en la medida en que constatemos la porción que de ella hay en cada doctrina y en cada celebridad.

El grupo que formábamos sus alumnos era muy heterogéneo tanto en su composición religiosa como ideológica. Entre ellos había representantes de la santería, de la Sociedad Abakuá, cristianos protestantes, ortodoxos y por supuesto católicos. También asistían agnósticos, ateos confesos, profesores de la universidad, opositores, disidentes y comunicadores independientes y estatales.

Ante un alumnado tal, el profesor se desenvolvía con absoluto éxito, no sólo debido al respeto que demostraba por la opinión contraria sino también por la comprensión hacia esa parte de verdad que encierra todo pensamiento filosófico o religioso. Convencido de su fe católica, mostraba una gran comprensión hacia todas las demás creencias y profundizaba en ellas para encontrar el enlace o punto de coincidencia que inevitablemente existe entre todas las confesiones y que ponen de manifiesto, entre otros, la sed de espiritualidad y trascendencia contenida en el alma humana.

Aún más, era el amigo a quien uno siente cercano e identificado con esa cosa innombrable que, a semejanza del imán, convoca y aglutina y que muchos identifican con el carisma y otros creen asociarlo mejor con el liderazgo. Efectivamente el Padre Mariano tenía madera de líder. Entusiasmaba, convencía, agrupaba, y su persona desbordaba en entusiasmo y perseverancia.

Sus asesinos le mataron en busca de fortuna sin siquiera sospechar que la verdadera fortuna estaba en su persona misma, en aquel cuerpo cuyos efluvios de bondad y amor
viven y vivirán aunque él esté inevitablemente muerto.
osmariogon@yahoo.com