jueves, 16 de julio de 2009

CONSORTE, Frank Correa. (Cuento).

El hombre aspiró profundo el olor de la carne que cocía en la olla. La tapó nuevamente y se volvió hacia el otro.
--Apúrate con eso, Consorte.
Sobre un pedazo de madera Consorte picaba cebollas. Las iba echando en un pozuelo donde ya esperaban el ajo, el ají y la pimienta picante.
Encendió la otra hornilla y puso una sartén con grasa. Cuando comenzó a chisporrotear echó las especias. El olor a sofrito inundó la cocina. El hombre aspiró otra vez, deleitado. Era un magnífico animal, dijo.
Sobre la mesa había un envoltorio para botar, con vísceras, patas, pelaje y una solemne cabeza, con un par de ojos vidriosos que miraban absortos a sus asesinos. ¿Cómo pudo dejarse sorprender? Era noche cerrada. Su trabajo consistía en estar atento al mínimo olor o ruido extraño. Pero teníamos su posición controlada. ¿Verdad Consorte? Le hice una escaramuza al otro lado y cuando fue a ver, le encestaste el pedazo de carne preparada en su plato. Tenía que caer dentro, o no la comía. Todo un verdadero pura raza. De regreso encontró la carne y se detuvo, extrañado, dudando, puesto en guardia. ¿Verdad, Consorte? ¿Estaría pensando el condenado?
--Esos tipos no piensan --dijo Consorte, bajando la sartén con el sofrito. Lo echó dentro de la olla y removió la carne, que ya comenzaba dorar. Luego se alejó hasta el camastro. Se quitó la camisa y con ella secó el sudor de su cuello. La hizo un bulto y se acostó a descansar usándola de almohada. Pronto estuvo dormido. Habían capturado aquel magnífico ejemplar la noche anterior y ya marcaron otro en la calle Tejadillo. Llevaban muchas noches vigilando y el sueño los vencía.
Su estrategia era estudiar con calma la casa, los dueños, la retirada. Consorte era ágil para saltar la cerca en cuanto la carne preparada lo aletargase, después lo pasaba al otro lado. Con la presa amarrada a la parrilla de su bicicleta se alejaba calle abajo, dejando que Consorte regresara por otra parte.
En los últimos quince días se habían comido ocho. A los callejeros no los tocaban, al contrario les guardaban las sobras. Pero a los otros, “la burguesía”, no les iban a dar tregua mientras quedase uno. Su enfermedad se lo exigía. Consorte no, ése comía de vicio. Buceaba en los latones y regresaba a casa con toda clase de desperdicio. Una vez trató de convencerlo sobre la posibilidad de comer ratones. Contó una teoría sobre la carne de rata sabrosa y sumamente nutritiva, siempre que el animal fuese ahogado en un cubo lleno de agua. Insistió en el principio fisiológico de que expulsan las toxinas al ahogarse. Uno lo sostiene por las patas y el cuello para evitar mordidas y expiran con un chillido agudo, se engrifan y las toxinas quedan flotando en el agua.
Tuvo que pegarle para que se callara. Lo estudió un momento, dormido en el camastro. Toda una digna pieza. Ceñudo. Faz huraña. Mandíbulas caídas. La tanta carne de los últimos días lo volvió rollizo. Calibró sus muslos y la abundancia del pecho y las paletas. Sí, tenía que pensar en otras fuentes. La caza podía agotarse y debía preverlo todo. Por que él si no dejaría de estar apertrechado. Su teoría era: “de visita pasamos por el mundo, hay ricos y pobres, él era de los que no poseían nada, solo su enfermedad que le exigía comer carne todos los días. Pues bien, ¡a comer!”.
No era político, ni le interesan las cuestiones relacionadas con eso, pero si lo obligan puede volverse un tipo peligroso. Consorte era su amigo, su yunta, pero si la soga continúa apretando, lo iba a sentir en el alma, tal vez no tuviera perdón de Dios, pero no lo dudaría un segundo. A fuego lento, con buen punto de ajo, Consorte debe resultar un plato exquisito. Sonrió, mientras removía la carne en la olla. La observó complacido. Estaba lista.
De un pequeño armario tomó dos platos y los puso en la mesa. Colocó dos cubiertos con ademanes de camarero, mientras canturreaba una melodía Mará. Perfecto. No había servilletas, muy bien. Destapó la olla y aspiró el aroma con todas sus fuerzas. ¡Especial! Siempre servía dos veces, solo carne. El resto lo comerían por la noche y de nuevo a buscar el alimento favorito.
Sirvió abundante carne en cada plato y la observó otra vez, con la emoción con que se mira una obra de arte. Luego se acercó al camastro donde descansaba su amigo.
--Vamos Consorte, la mesa está servida.

(Tomado del libro inédito de cuento Desde mi orilla)