jueves, 9 de julio de 2009

LA PLAGA, Alejandro Tur Valladares


Cienfuegos, 9 de julio de 2009, (SDP) Jacinto Suárez, vecino del barrio La Juanita, en la ciudad de Cienfuegos, se trasladó el pasado domingo hasta el municipio de Rodas, con el propósito de practicar su deporte preferido, la pesca. Un amigo le había referido que el lugar era un reservorio extraordinario de la trucha. De hecho, el pez es el emblema con que los rodenses identifican a su amado suelo.

Al llegar Jacinto al puente bajo el cual fluyen las aguas del río Jabacoa, uno de los dos que circundan al pueblo, tomó la vara de pescar, puso la lombriz en el anzuelo y tras darle cordel se dispuso a esperar. Luego de breves minutos, sintió la picada. Emocionado, dio un tirón y para su asombro, lejos de la hermosa trucha esperada, lo que emergió de las turbias aguas fue una claria.

Tras repetir el ejercicio, el resultado en todos los casos siempre fue el mismo. Al final de la jornada había logrado una pesca decente, sin embargo, ninguno de los peces atrapados era una trucha, todos sin excepción eran clarias.

Luego de conocer la extraña experiencia de Suárez, me di a la tarea de indagar la causa de lo acontecido. Para mi sorpresa, el cúmulo de información que hallé al respecto fue extraordinario. Curiosamente, quienes dijeron conocer del asunto, coincidieron en definir la presencia en nuestros ríos de la claria de desastre ecológico.

Lo primero que conocí fue que la claria había sido importada desde África e introducida en Cuba allá por la década de los 90, cuando el Período Especial golpeaba a nuestras puertas. Debido a la falta de estudios serios que determinasen si era factible o no introducir esta especie en nuestro país, y a la mala manipulación de los ejemplares, la claria salió de los estanques creados por los criadores y hoy se les puede encontrar de forma irracional dispersa por cualquier parte, desde un río hasta una cloaca.

No falta quienes aseguran que esta especie es familia del pez gato, oriunda del este de Asia y que nuestra claria es el resultado de un cruce genético en busca de aumentar el peso y la talla, entre el pez gato y una variedad pakistaní nombrada Pez Ojo de Toro o Cabeza de Serpiente, hecho que le confiere la posibilidad de alcanzar hasta los cuatro pies de largo.

Curiosamente, la claria es capaz de vivir fuera del agua hasta 72 horas, posee locomoción terrestre y hábitos alimenticios sui generis. Este último aspecto es sin lugar a dudas la causa de la mala fama del pez, pues como se sabe, entre los manjares de su predilección se hallan, desde los alevines de otras especies de peces a los cuales extermina prontamente, hasta insectos de cualquier tipo, roedores, ranas, pichones de aves, lagartos, en fin, todo lo que vuele, camine o se arrastre, que quepa en su dentada boca.

El término de plaga parece ser recurrente a la hora de referirse a las clarias, pues donde quiera que decidan establecer su hábitat, dañan irremediablemente el ecosistema. Además su adaptabilidad a medios nada propicios para la cría de cualquier otra variedad de peces, ha permitido que la claria se extienda por toda la geografía insular, desolando a su paso todo lo que encuentra.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, estamos en presencia de una plaga cuando se produce la aparición masiva y repentina de seres vivos de la misma especie que causan graves daños a poblaciones animales o vegetales. Me pregunto, ¿qué hay que se parezca más a lo aquí descrito que el pez señalado?

Por tanto, si tenemos en cuenta lo conocido, debemos concluir que sin lugar a dudas la Claria es una plaga.
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