jueves, 9 de julio de 2009

TOMAR NOTAS, Jorge Olivera Castillo.


Habana Vieja, La Habana, 9 de julio de 2009, (SDP) Ricardo Martinelli ha tomado posesión como presidente de Panamá. Su antecesor Martín Torrijos, de tendencia socialdemócrata, aceptó la derrota en las urnas sin contratiempo alguno. Cumplió con lo estipulado en la Constitución al pie de la letra. Por fortuna, durante su mandato no quiso sumarse a la comparsa bolivariana comandada por Hugo Chávez.

Entronizar el llamado socialismo del siglo XXI en todos los países comprendidos entre el Río Bravo y la Patagonia es el más caro anhelo del caudillo venezolano.
Con delirio y pasión infatigable, el ex militar devenido en cuasi dictador, ha creado el ambiente necesario para propagar sus ideas de redención para las clases más pobres. Para lograr sus fines, acude al discurso de barricada contra los Estados Unidos, demoniza a sus opositores internos, compra conciencias en ultramar con barriles de petróleo y confisca bienes a los propietarios que no se adhieran a sus postulados tendientes a crear un país bajo el dominio absoluto de un solo partido. Todo como parte de una escenografía por medio de la cual es posible imbricar el sainete con la tragedia. Chávez dirige y actúa, canta y amenaza, declama y vitupera sin comedimientos.

Bolivia, Nicaragua, Ecuador y Cuba conforman las principales piezas del eje continental que busca sacar del olvido las ideas bolcheviques y adaptarlas al contexto geopolítico regional.

Quieren, a toda costa, abrir un frente de hostilidad permanente contra la democracia representativa y darle un vuelco a la historia a favor de una entelequia que huele a fascismo, aunque se trate de vender el producto como algo esencial para reestructurar la sociedad y eliminar la diferencia de clases.

El socialismo del siglo XXI, es la coartada en una trayectoria inspirada en La Habana y que encuentra en Chávez la personalidad, tal vez no idónea, pero sí con la suficiente ambición, voluntad y poseedor de los recursos para poder llevar adelante el proyecto de expansión de una izquierda revolucionaria que bien podría despertar a medio y largo plazo sentimientos contrarios a lo que se promulga a diestra y siniestra.

Apostar por el radicalismo, sin calibrar con lógica y sentido común los objetivos a alcanzar, es uno de los caminos hacia el fracaso. Poner en el colimador a la clase media y alta como dos de los más acérrimos adversarios, no es una actitud que promueva el aplauso. Asestarle un puntapié a la libertad de expresión y a otros derechos fundamentales tampoco es un asunto para observar con indiferencia o con una sonrisa de oreja a oreja.

Martín Torrijos llegó un día a la presidencia de Panamá y se fue en buena lid. Martinelli, perteneciente a las filas de la centroderecha, recibe el mandato juramentando lealtad a la Carta Magna que especifica la imposibilidad de reelegirse en dos períodos consecutivos. Es decir que solo puede gobernar durante 60 meses.

Esteban Lazo, uno de los vicepresidentes del Consejo de Estado cubano, fue el representante que las máximas autoridades de la Isla decidieron enviar a la investidura de Martinelli.
Haría falta que tomarán nota de esta necesaria alternancia en el poder y de una vez decidieran desmontar las estructuras totalitarias.

Esa alianza con Chávez y compañía traerán nuevos lodos. No hay que ser un erudito para anunciarlo con la mayor certeza del mundo. Tanto maestros como discípulos de la escuela dictatorial cuya cátedra está en La Habana, se embarcan en una docencia funesta.

La perseverancia en este caso no es sinónimo de virtud, más bien viene asociada con la insensatez o la locura. No importa que Martinelli sea un defensor de las ideas conservadoras. Su gestión tiene marcada la fecha de vencimiento.

Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa miran con envidia el medio siglo de la revolución cubana. Por eso es que poco a poco han ido armando el tinglado en sus respectivos países para hacer la boda con el poder absoluto.

En las noches antes de irse a la cama con discreción y delicadeza, no se olvidan de practicar el archiconocido compromiso: hasta que la muerte nos separe.
oliverajorge75@yahoo.com