jueves, 27 de agosto de 2009

BARRIO EXCLUSIVO, Miguel Iturria Savón

El Cotorro, La Habana, 27 de agosto de 2009, (SDP) La cubanía extemporánea ruraliza a La Habana y la convierte en capital provinciana, lo cual contradice el sentido cosmopolita de nuestra urbe, donde convergen todos los estilos arquitectónicos pese a la involución física, el deterioro de los servicios y la llegada de turistas y campesinos que oscilan entre el centro y la periferia.

La Habana más representativa bordea la bahía, delimitada por la Avenida del Puerto y el Malecón, icono urbano paralelo a arterias desplazadas por vías más modernas, como las calles 23 – 41 a partir del Puente Almendares-, Línea, G, Paseo, Calzada y la Quinta Avenida, entorno espacial del barrio Miramar.

El éxodo del centro a la periferia se inició a principios del siglo XIX, cuando algunos funcionarios y magnates salieron paulatinamente del casco histórico de La Habana hacia El Cerro, El Vedado, La Víbora, Santos Suárez, Miramar y otros repartos, donde edificaron sus palacetes, residencias y quintas de recreo, al margen del bullicio de vendedores, marineros y paseantes.

En el diseño de la Quinta Avenida intervinieron los arquitectos John F. Duncan, autor del monumento al presidente Grant, en los Estados Unidos, y el cubano Leonardo Morales, graduado en la Universidad de Columbia, lo que influyó en el parecido de Miramar, con sus cuadras rectangulares de 100 por 200 metros, con las de Manhattan, en New York.

Al comenzar el siglo XX lo que sería Miramar era un inmenso potrero. El impulso urbanizador se debió a José Manuel Morales, propietario de la finca La Miranda, Ramón González Mendoza y José López Rodríguez (Pote), quienes murieron antes de 1925, cuando la califican “ciudad jardín” por su arquitectura doméstica, ajena al mar en ese momento.

La Quinta Avenida fue inicialmente la Avenida de las Américas. Se extiende desde el túnel que la conecta con Calzada, en El Vedado, hasta el río Santa Ana, en el poblado de Santa Fe, donde se convierte en la Carretera Panamericana hasta El Mariel.

El reloj, símbolo del municipio Playa, es otro atributo vial del reparto Miramar. Quinta Avenida posee un paseo central arbolado al igual que las avenidas G y Paseo, pero no es una vía homogénea pues cambia por trechos, según la época y el diseño arquitectónico.

Difiere, por ejemplo, el tramo entre las rotondas de 112 y 120, donde están el Coney Island Park y los desaparecidos bares, billares y centros nocturnos –Panchín, Rumba Palace, El Niche, Choricera, Tres Hermanos, Pensilvania y la Taberna de Pedro-, humildes y medio marginales. Aunque tales tugurios fueron notas disonantes de Miramar y su Quinta Avenida, actuaron en ellos figuras como la vedette Tula Montenegro, Teherán, quien obtuvo éxitos en el Cotton Club de Broadway junto a Duke Ellington y Cab Calloway. El excéntrico Chori (Silvano Shueg Echevarría) hacía su espectáculo en La Choricera o El Niche. Benny Moré, Senén Suárez y Carlos Embale ocuparon carteleras. En las aceras colindantes había puestos de fritas y algunos prostíbulos y moteles.

Miramar no trasciende por el hedonismo popular, sino por su espléndida arquitectura, soluciones viales, jardines y centros de recreo como el Country Club Park. Nuestra burguesía era especulativa en sus edificaciones. Poder y buen gusto son palpables en las mansiones del ex presidente Ramón Grau San Martín, ubicada en Quinta y 14; en Villa Miramar, actual Restaurante 1830, de Carlos Miguel de Céspedes, ministro de Obras Públicas del Presidente Machado, quien edificó y donó el reparto La Copa, en calle 42 entre Quinta y Primera.

La Condesa de Buenavista erigió su palacete en Quinta y 6, habitado ahora por más de 20 familias.

Deslumbra la casa de tejas verdes –estilo renacimiento alemán-, construida en 1926 por el arquitecto José L. Echarte para Armando de Armas (Cocó), mayordomo presidencial durante el gobierno de Mario García Menocal.

La Iglesia Jesús de Miramar, en Quinta y 80, sorprende aún a los transeúntes por su área y capacidad para fieles, solo superada por la Catedral de Santiago de Cuba.

Al quedar medio vacío Miramar en la década del 60 por la salida del país de sus propietarios, el gobierno utilizó las mansiones como escuelas y albergues para becarios. A fines de los 80 vuelve a cambiar el paisaje humano del reparto, habitado por altos funcionarios y oficiales del régimen, que usa algunas residencias como sede de diplomáticos, empresarios extranjeros, centros de investigación y tiendas estatales que comparten espacio con los modernos hoteles construidos en la costa por Meliá y otras firmas europeas.

En términos burocráticos, Miramar es hoy una Zona Congelada bajo control del Ministerio del Interior. Ironía del tiempo.


Casa de tejas verdes en reparación. foto: Ana Torricella