jueves, 20 de agosto de 2009

CONSERVAR SANO EL CORAZÓN, Ana Aguililla.


Jaimanitas, La Habana, 20 de agosto del 2009. (SDP) “¿Qué tal hermana, cómo andan las cosas?”, me saluda un amigo. Esta vez utilizó la palabra hermana y quedó atrapada. Desde las primeras escrituras de que se tiene conocimiento, se observa que muchos amigos se llaman hermanos como una forma de demostrar mayor acercamiento. Es que, sencillamente, la familia es el embrión de todas las sociedades.

Hace apenas unos días leí un artículo titulado “La partida del patriarca” por Andrés Rodríguez en la revista Amor y Vida, donde comparaba a su padre con el patriarca bíblico Abraham, porque según él, tenía un carisma tal que lograba reunir bajo un mismo techo a una familia cosmopolita, de diversas tendencias religiosas y simpatías políticas.

“En Cuba, la Nochebuena y la Navidad eran ocasiones propicias para la reunión familiar. Se podía conversar sobre temas disímiles y hasta discutir de política, pero nunca provocaba odios ni rencores. Cuando tuvo lugar la mutación de 1959, algunos pensamos que aquella unión familiar corría el riesgo de fragmentarse ante el asedio de una pasión política desmesurada. Sin embargo en medio de lamentables bajas, los encuentros familiares sabatinos no naufragaron. Mi padre los siguió presidiendo, como el reconocido patriarca”, narra el autor. Al final cuenta cómo la partida del patriarca dejó una sensación de vacío grande en la familia y se pregunta si su legado podría ser recogido.

Esta experiencia de una familia puede llevarnos a recapacitar sobre nuestra sociedad actual, y sobre nosotros mismos, que a veces olvidamos cómo deben ser las relaciones entre hermanos. Sin duda alguna, la clave de los Rodríguez estuvo en el amor.

En la historia de la humanidad han existido muchos mandatarios que sólo han logrado imponer miedo. Las personas no siguen a los que no tienen una buena relación. El amor no se impone, sino se crea y si desarrollamos las características humanas del odio, el rencor, la desconfianza, el desprecio o la hipocresía, negamos el amor.

Hay que sembrar la semilla. Evitar las conductas agresivas, respetar lo que piensa el hermano, no creernos dueños de la verdad absoluta. La lucha por sí sola, sin estar fundada en el amor, no puede triunfar, como no triunfan los malos sentimientos y las malas acciones. Así lo demostraron grandes figuras y líderes de la no violencia como Martin Luther King y Mahatma Gandhi, quienes nos enseñaron que la agresividad es sólo impotencia, incapacidad de unirnos bajo el objetivo común del crecimiento humano.
anaguililla2005@yahoo.com