jueves, 20 de agosto de 2009

PORQUE EN TI SE ENCIERRA TODA MI VIDA Antonio Conte

Miami, USA, 20 de agosto de 2009, (SDP) El centro nocturno Johnny’s Dream estaba en La Puntilla, Miramar, frente al río Almendares. Pachanga, alcoholes, mamboletas calentaban la noche. A la hora de recoger los bates, cuando el coro de curdonautas cantaba, abrazado a sus mujeres, “¡se acabó lo que se daba, se acabó!” y salíamos a la madrugada, entraba en los ojos directamente la desembocadura de aquel hilo de agua y la curva del malecón que muere todos los días en el torreón de La Chorrera, junto al restaurante 1830.

Al lado del rumbeadero se levanta un edificio de los que ya no vienen. En el quinto piso vivía Carmita, flaca pizpireta y rubianca que era al mismo tiempo, una de las mejores anfitrionas de la ciudad. Una amiga, querida hasta el lecho, nos presentó. Eran tiempos de bohemia y farándula, canciones y poemas. La Habana se dejaba querer sin tanto brete.

El apartamento encandilaba de lo lindo, morada imposible de alcanzar si no se había heredado o se era un héroe comandante de la montaña. Piso de granito, terraza donde cabría el estado mayor de cualquier ejército, sala herméticamente grande por donde entraba el golfo a borbotones, comedor con mesa de caoba rectangular para 6 comensales y en el centro, una fuente de cristal a todo color, con mangos, naranjas y mameyes. Según Carmita, la fuente era obra de un tal Swarovski.

Como mi amiga es una de las mejores chefs del mundo (vive en el sur de Francia en una mansión del siglo XVIII), se me ocurrió organizar un fetecún gastronómico en casa de Carmita. Invitado: César Portillo de la Luz.

A diferencia de José Antonio Méndez, Portillo no bebe. Fumaba como un cosaco unos cigarrillos que olían a prostituta barata, conocidos como Aromas. Tabaco rubio de las vegas de Manicaragua. César era flaco, inquieto. Caminaba como un péndulo tal vez porque sus pies formaban al caminar un ángulo de 120 grados. Hablaba mucho y componía con el único propósito de estocarle el corazón a los desamorados y a la dama más esquiva.

-¿Tú sabes, mulato, por qué compongo?

-Supongo que para lo mismo que se escribe un poema.

-Exactamente, para enamorar a una mujer. ¿Para qué otra cosa sirven los poemas y las canciones? No existe causa más noble.

Llegamos a Miramar a las 2 de la tarde, en la ruta 32.

-¿Llevo la viola?-preguntó César el día anterior.

-Llévala, vamos a homenajear a dos mujeres y a probar la sazón de una.

Portillo vestía pantalón gris, camisa blanca de mangas largas y calzaba mocasines negros. Un hombre elegante que no necesitaba de mucho para lucir su buen gusto. Y sencillo a matarse cuando era, hacía rato, uno de los grandes campeones del bolero, creador, junto a un grupo de magistrales compositores e intérpretes a finales de la década del 40, del Filin.

Se iba del hotel Saint John’s, donde cantaba José Antonio, a la azotea del hotel Vedado para escuchar a Portillo en el Pico Blanco. De “eres mi bien lo que me tiene extasiado, por qué negar que estoy de ti enamorado” a “si pudiera expresarte como es de inmenso, en el fondo de mi corazón, mi amor por ti”. La transición eran varios metros de la calle O y el ascensor del hotel Vedado en viaje sin escala a la azotea.

La noche se convertía en perfume natural de mujer cuando Portillo le cantaba: “Noche cubana, morena bonita de alma sensual, con tu sonrisa de luna y ojos de estrella.”

Carmen y Rafaela nos recibieron con besos, apretones y la invitación, con un gesto de la mano, a que pasáramos a la sala. Portillo entregó la viola a Carmita, que la acostó sobre un butacón de cuero azul. Y a conversar se ha dicho. Como Portillo no bebía, pero yo sí, me preparó la amiga un vaso de carta oro on the rock. La anfitriona narró sus viajes, amores, triunfos, fracasos. César hizo lo suyo mientras encendía un cigarro tras otro: música, justicia social, José Antonio, Ángel Díaz, Guti Cárdenas, Arturo Castro, Sabre Marroquín, Lucho Gatica. Mi amiga iba de un lado a otro, preparando la mesa, platos, cuchillos, cucharas, copas, hasta que anunció:

-Señores, la mesa está servida.

Almorzamos crema de espárragos, pollo asado al jugo de no sé qué, puré de papas, ensalada de tomate, aguacate y lechuga, tostones, y se abrió una botella de Chianti de Montalbano, cortesía de Carmita que César cateó con deleite, pero no probó. De postre, torrejas. Y café criollo para rematar.

Hay ciertas horas en La Habana en que el espíritu se sobrecoge (tal vez sea la brisa, la cercanía del mar, la modorra de ceibas y laureles, la sandunga de las mujeres moviendo las caderas por El prado, Neptuno, San Rafael, los portales de Galiano) y nos machaca el alma el misterio que surge de los oros del crepúsculo. La tarde se instaló en el apartamento con esos encantos. César sacó la guitarra de su modorra y vistió la tarde, a dos mujeres y a su amigo, con la magia de sus canciones: “No hay bella melodía en que no surjas tú, ni yo quiero escucharla si no la escuchas tú, es que te has convertido en parte de mi alma, ya nada me consuela si no estás tú también”. Y todo el repertorio de un hombre nacido para hacer, con su música, más amable la existencia.

Andaba la tarde pidiendo amor. Portillo, Carmita y Rafaela la complacieron, hasta que se disolvió en la desembocadura de aquel río humilde. Nos fuimos con la música a otra parte, escoltados por el perfume del jazmín de noche que brotaba de los jardines.

Después Portillo compuso Canción de un festival (“quiero recordar las horas de los días felices que vivimos ayer”), Yago tiene filin, Dime si eres tú (“porque sé que la vida comienza cada vez que uno encuentra el amor”), Son al son, que nadie cantó nunca como Elena (“el son se extiende veloz de San Antonio a Maisí, cuando lo canta la voz de Miguelito Cuní).

La tarde y sus protagonistas nos dispersamos en una bola de humo azul y en el aroma, no del eterno cigarrillo de César, sino de los acordes melancólicos de su guitarra y el susurro de la noche cubana: “Negra bonita de ojos de estrellas, en tus brazos morenos quiere vivir un romance mi alma bohemia.”
ACONTE1812@aol.com