jueves, 13 de agosto de 2009

HATUEY, Frank Cosme


Santos Suárez, La Habana, agosto 13 de 2009, (SDP) Habían pasado 18 años desde que Colón descubrió la mayor isla del Caribe conocida por los aborígenes taínos como Cuba. Esta paz de más de tres lustros fue bruscamente interrumpida en 1510 por Diego Velázquez con una expedición de conquista. A este no le costó trabajo reclutar entre los empobrecidos habitantes de La Española los soldados para su proyectada ocupación. Oscuros nombres que fueron después recogidos por la historia fueron en estas islas de Quisqueya y Cuba Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Juan de Grijalva y Pánfilo de Narváez, este último de triste mención en Cuba por la matanza en la aldea india de Caonao. Este tipo de hombres despiadados y ambiciosos fueron los que tuvieron que enfrentar los aborígenes cubanos.

En la época de la conquista, muchas zonas no estaban organizadas en clanes. El clan es el primer paso para la formación de una tribu y la causa que precipita la organización de clanes en tribus es la necesidad de defenderse de la agresión de un enemigo extraño. Sin embargo, en la punta este de Cuba, conocida por Maisí, los taínos ya estaban organizados en clanes y tribus antes de la llegada de los españoles. La razón de esto tenía un nombre: los temibles caribes. Eran antropófagos, procedían de la cuenca del Orinoco y amenazaban ocupar todas las Antillas.

Si a este comprobado argumento se le agrega que a esa zona llegaron numerosos indios fugitivos de la conquista de Quisqueya, veteranos de experiencia en una desigual guerra con los españoles, la errónea opinión echada a rodar por algunos libros de historia de que los taínos eran pacíficos y no ofrecían resistencia al conquistador, se cae por su propio peso.

De este grupo de refugiados de Quisqueya hay una figura que se yergue como el “primer paladín de la lucha por la libertad en Cuba”: el cacique Hatuey.

Una amarga experiencia le enseñaba que a los aborígenes no les quedaba otro camino que el de una desesperada resistencia, así que no tuvo que argumentar mucho para inducir a los taínos a defenderse.

La compañía ronera Bacardí, cuya casa matriz estuvo en Santiago de Cuba hasta 1959, bautizó su mejor cerveza con el nombre de Hatuey. El escritor estadounidense Ernest Hemingway al mencionar esta cerveza en dos de sus libros, “Tener y no Tener” y “El Viejo y el Mar” le dio cierta relevancia internacional. Pero Hatuey no es sólo una marca de cerveza, es el nombre de alguien de quien deberíamos investigar más.

Conocedor de la superioridad de sus enemigos, Hatuey utilizó la táctica conocida posteriormente como guerra de guerrilla. Hay que recordar el calor que existe en la región, los pesados cascos, armaduras y arcabuces que utilizaban los conquistadores. Se olvida también el hecho de que recargar de nuevo el arcabuz llevaba varios minutos, tiempo que aprovechaban los taínos emboscados en varios puntos para dispararles una andanada de flechas. Los combates cuerpo a cuerpo que aparecen descritos en algunos libros y tomados de documentos de la época parecen más relatos épicos que lógicos.

Según esos documentos, la “pacificación” de la isla ocurrió en 1514; sin embargo, esos mismos documentos afirman que Hatuey fue capturado y quemado en 1515. También afirman que después de Hatuey continuaron la resistencia Caguax, Guamá y otros caciques. ¿Quiénes eran estos otros caciques? Todo esto demuestra que esta historia demanda un mejor enfoque. El propio historiador Ramiro Guerra en su libro Manual de Historia de Cuba, que parece guiarse por estos “contradictorios documentos”, reconoce y cito: “la hostilidad de los indios cubanos no cesó sino con la absoluta libertad que les fue concedida en 1554”. En otra parte también expresa: “La opinión corriente de que el taíno cubano no resistió al conquistador es errónea. Dimana quizás de la excesiva mansedumbre que le atribuyó Las Casas”.

La muerte de Hatuey originó una leyenda que fue precisamente divulgada por los propios españoles y conocida como la “Luz de Yara”. Al cacique se le condenó a morir en la hoguera y cuenta esta leyenda que cuando estaban quemándose los últimos restos de este, saltó una llama que como una lengua de fuego se elevó a gran altura yendo a caer en un bosque cercano y que cada cierto tiempo se veía esta llama moviéndose entre la espesura del bosque: era el alma de Hatuey reclamando su libertad.

Lo que ningún libro de historia menciona es que en esa misma región de Yara, cuatro siglos más tarde, comenzó una guerra por la independencia que duró diez años y que se conoce en nuestra historia como “el Grito de Yara”.
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