jueves, 27 de agosto de 2009

LIENZOS POR LA EMANCIPACIÓN, Juan Antonio Madrazo Luna

El Vedado, La Habana, 27 de agosto de 2009, (SDP) Manuel Mendive y Juan Roberto Diago son artistas de la plástica cubana contemporánea que trazan su ruta hacia la posracialidad. Ellos han edificado, al igual que Wilfredo Lam, un puente entre África, América y Europa que hunde sus raíces en la Cuba secreta, no solo patrimonio de Maria Zambrano, sino también de Lidia Cabrera y Rómulo Lachatañere. Para muchos, es una Cuba inédita y desconocida. Es el mundo de la Regla de Ocha o Santería, el culto a los fundamentos, a la sagradas deidades del Panteón Yoruba, a las fuerzas de la naturaleza, a los poderes mágicos de las hierbas y aguas sagradas, peces, máscaras. Barrios citadinos dibujan la Cuba de hoy, en la cual habitan seres que apuestan porque la belleza de la diversidad sea un jardín para todos.

Mendive es el descubridor de una arquitectura del deseo. No permite que erotismo y racialidad sean máscaras del silencio y formen parte de un mecanismo de simulación social. Su poética se ajusta a un nuevo mapa corporal de nuestra identidad, desde la política de la diferencia. El performance mendiviano es un deseo en libertad, un lenguaje de seducción que se integra a la erótica de los cuerpos. El cuerpo, parte del escenario y soporte de sus proyecciones artísticas, contribuye a legitimar en el denso mapa de nuestra ecología social, la belleza estética de la raza negra. Su arte es a contracorriente, un discurso de resistencia y subversión de la cultura occidental y a la vez, un eslabón de espacios discursivos de redefinición de la identidad.

De Juan Roberto Diago merece decir que su obra se asoma a la estética ruda del ghetto, destierra prejuicios sobre la devaluación social del negro, construye la emancipación en la piel del otro a través de su discurso religioso, racial, sociológico hecho de profunda significación. Es dueño de una estética particular con personalidad propia pues fortalece la autoestima y el orgullo de ser negro. A pesar de contar con parte de una historia violenta y accidentada, su discurso también escandaliza, pues además de sentirse un activista contra la discriminación racial, desde el lienzo denuncia la presencia de esta escandalosa realidad en la Cuba contemporánea que aún lastima la dignidad no solamente de negros, también de blancos sensibilizados con esta pesadilla. Es conciente del dolor y la rabia que habita en uno de los principales grupos étnicos, se siente incómodo porque aún los negros “seguimos comiendo cuchillos”, como reza uno de sus lienzos.

Su obra penetra en las profundidades de la Habana más secreta, la habitada por la porno-miseria , ciudad orientada al sur, muy en particular, Pogolotti City, donde los hijos de María Candela sufren la angustia de ser niches, donde en el barrio por estos días no se puede mover nada, donde las nietas de Fermina Lucumi quisieran de regalo un extranjero, no importa si es de Montenegro o Kandahar, pues vivir en La Isla del Polvo, El Palenque, Los Mangos o Pendejera, es un infierno.

A ese mundo nos invita Diago a asomarnos pero también a contribuir a dignificar la cultura cubana ancestral de origen africano, a presionar la urgencia de sumergirse en el otro. Diago no entra en el juego del estereotipo y lo folclórico. En él, la memoria es un latido permanente en su proyección artística: no puede olvidar su pertenencia a una cultura, una generación y una raza

Sus obras son muy nacionalistas en torno a las identidades, conjuntamente con las de Belkis Ayón, quien también en su obra patrimonial refleja conflictos contemporáneos de racismo y sexismo a partir de procesos de significación artística de la Sociedad Abakuá. Ellos son portadores de un contradiscurso que nos permite asistir a una semántica del deseo, que cuestiona descarnadamente las asimétricas relaciones de poder establecidas a partir de un orden social blanco.
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Mendive prepara su performance. Foto: cortesía del autor