jueves, 27 de agosto de 2009

LA OBSCURA ESCALERA, Ramón Díaz-Marzo

A la memoria de Poncito.
Horacio había pasado por mi casa para no acudir a la cita de Nacetonio totalmente solo. Le dije que prefería quedarme en la casa escribiendo. En realidad no le dije lo que pensaba.

Yo pensaba que aquella cita era una trampa de la policía política
para comprometerme. Y como también sospechaba de Horacio, decidí que la mejor defensa en un mundo tan tenebroso era el silencio.

Sin embargo, Horacio insistió en que lo acompañara a la reunión. Y era su insistencia de lo más inteligente. Porque Horacio también sabía hacer silencio. Y en uno de esos silencios escuché cuando dijo: "nada nos sucederá por acudir a la Reunión".

Así que en pocos minutos, Horacio y yo salíamos de mi casa en el Montserrat-Hotel.

Mientras transitábamos por la acera de "El Floridita" me atreví a sugerirle a Horacio que Nacetonio tenía una voz inofensiva.

-Pero ten cuidado -dijo Horacio-. En el fondo es un redomado mentiroso. Probablemente se encuentre entre los más grandes de la Isla.

Para alcanzar el Edificio "Serrano" había que cruzar la calle más corta de Cuba. Al lado existía un albergue para personas cuyos hogares se habían derrumbado por la vetustez. En el Albergue no había abasto para recepcionar la evacuación intestinal de los albergados. Y ese mismo día, por la tarde, la tubería madre había reventado rompiendo el asfalto de la calle; y un río de excrementos parecía separarnos de Nacetonio. Pero un pequeño infante que jugaba alrededor de la estatua de Supervielle, propuso cruzarnos al otro lado a cambio de una moneda del Ché.
Mediante unas improvisadas tablas de madera flotante, cruzamos.

El infante guiaba la primitiva barca con un viejo palo de escoba que hundía en las aguas malditas. Cuando desembarcamos en la acera opuesta, Horacio pagó el pasaje de los dos. El infante, antes de retornar, tuvo la honestidad de advertirnos que la próxima vez viniéramos por la acera de San Juan de Dios, y así no volveríamos a transitar por la mierda.

Antes de internarnos en el edificio "Serrano", nos quedamos como en el limbo al contemplar el espectáculo de la ciudad; y hubo un momento en que tuve la certidumbre de que alguien conocido llegaría para salvarnos.

La ascensión por la penumbrosa escalera hasta el apartamento de Nacetonio, convertiría a Horacio en el Virgilio que me conduciría por la Selva Oscura, quedando demostrado que hacia arriba también existen los infiernos.

En el zaguán del edificio dormía una numerosa familia de exiliados que habían venido huyéndole al hambre que asolaba las provincias orientales, y aguardaban la oportunidad de colarse en el albergue de al lado. Después supimos que el ascensor estaba roto por la falta de piezas de repuesto y porque en Cuba, después que se abolió la Propiedad Privada, los edificios habían quedado abandonados al no tener conserje o encargados que velara por su mantenimiento. Entonces convertimos nuestras miserables fosforeras en vacilante faroles, y dimos comienzo a la penosa ascensión.

Con tan angustiosa luz, lo primero que vimos, en el recodo correspondiente al primer piso fue a Pedro, el pescador del malecón, abusando sexualmente de una menor de edad cuya tarifa había que pagar por adelantado y en fula. Cuando pasé por su lado, lo saludé y le pregunté cómo le iba, y me respondió que más o menos.

-Estoy tratando de matar al aburrimiento -dijo, con la cara trabada entre las delgaditas piernas.

A continuación, en el segundo piso, nos encontramos con una bola que venia rodando por la escalera. Se trataba de Xiomara, la hija de Basco el escultor, que había venido de acompañante de su padre que se había quedado conversando con Nacetonio.

-Ahora he tenido que marcharme -nos dijo Xiomara-. He recordado que en el frigidaire de mi casa aún quedan tabletas de chocolate y en casa del señor Nacetonio me estaba muriendo de hambre pues ni agua tiene para dar.

Xiomara también nos explicó que habitualmente, para ganar tiempo, se lanzaba por los balcones cuando visitaba las casas que se encontrasen más allá de un primer piso.

-Como una pelota salto por las calles hasta el estudio de mi padre. Pero ustedes habrán visto al entrar a este edificio las deyecciones que lo rodean.

Cuando Xiomara terminó su descripción escuchamos el sonido de una deglución incesante: era ella misma devorando unos mendrugos de pan viejo comprado en la bolsa negra que los panaderos de la capital organizaban por la noche. Entonces nos saludó y continuó rodando por la escalera. Cuando desapareció, nosotros continuamos ascendiendo, esta vez hacia el tercer piso.

En el tercer piso había un espejo roto perteneciente al propio vestíbulo. Horacio, que me precedía, se detuvo llevándose las manos a los bolsillos del pantalón y la camisa.

-¿Qué buscas? -pregunté.

-!No, no puede ser! -exclamó Horacio, compungido.

-¿Que sucede? -volví a preguntar.

Y Horacio me contó que momentos antes había gastado el dinero que disponía para terminar el mes sin morirse de hambre.

-Ya soy un anciano de 50 años y no termino de superar el pecado de la disipación -dijo, y se asomó al espejo roto. Por unos instantes miró con espanto su nariz de vianda.

-Heredé de mi padre su grosera personalidad, excepto el talento
-concluyó.

Yo también me asomé al espejo y recordé, al mirar, que me faltaba un diente. Y continuamos la agotadora ascensión.

En la escalera había zonas donde la oscuridad se iluminaba con los resplandores lejanos de vehículos que llevaban y traían a un turismo de la pobreza. Entonces apagamos las fosforeras para ahorrar gas. Y Horacio murmuró:

-Quizás no deba pedirle dinero prestado a Nacetonio. Pero si pone algún pretexto, sabré que su gusto por la mezquindad sigue siendo una de sus constantes virtudes. (Continuará)
ramon597@correodecuba.cu