jueves, 27 de agosto de 2009

DOS SARGENTOS, Frank Cosme

Santos Suárez, La Habana, agosto 27 de 2009 (SDP) Después de la fuga del ex general de la guerra de independencia y primer dictador de la República de Cuba, Gerardo Machado y Morales, los soldados y clases del ejército constitucional creyeron necesario separar del mismo a los oficiales acusados de colaborar con la tiranía.

Un grupo de clases comenzó a reunirse con el objetivo anteriormente expuesto. El líder de este grupo fue un desconocido y sencillo sargento llamado Pablo Rodríguez.

Este suceso que pudiera parecer a primera vista como un motín militar, no lo era, pues fue el germen de lo que en la historia de Cuba se conoce como la revolución del 4 de septiembre de 1933.

¿Pero quién fue este sargento que originó la idea de esta revolución y por qué los historiadores lo han relegado, no a un segundo plano, sino al olvido?

Pablo Rodríguez organizó con otros complotados la Unión Militar Revolucionaria (U.M.R.) como consecuencia del descontento entre los soldados, muchos de los cuales habían combatido en la guerra de independencia y se sentían frustrados por el giro que habían tomado las cosas en el país. A eso se agregaba la mala calidad de la comida, el miserable salario, el hecho de que eran utilizados en labores domésticas y que muchos altos oficiales habían monopolizado la gloria de la derrota de Machado sin hacer mención de los alistados.

Rodríguez solicitó posteriormente la fusión con el “Directorio Estudiantil Universitario” cuyo objetivo era más amplio, pues trataba de llevar a cabo una reforma nacional contra el status privilegiado que tenían ciertos sectores económicos dominados por extranjeros.

La UMR y el Directorio Estudiantil conformaron juntos la Agrupación Revolucionaria de Cuba (A.R.C.) el día 4 de Septiembre de 1933. A la 1:00 de la madrugada del día 5, redactaron una proclama en la que dieron a conocer al pueblo de Cuba su determinación de tomar el poder con el fin de llevar a cabo la revolución.

Desde los tiempos de Cristo, este nos enseñó muy sutilmente con su vida que alrededor de todo aquello que produzca cambios positivos, siempre van a surgir los Judas. Los Judas en la Historia han demostrado siempre por encima de todo, sus intereses personales, su desmedido afán de gloria y riquezas y sus manejos secretos para lograr estos fines. El Judas de esta historia fue también otro sargento, Fulgencio Batista y Zaldívar, el futuro segundo dictador de Cuba.

Este oscuro sargento, miembro también de la U.M.R., era un burócrata del ejército. No sabía montar a caballo, ni saludar con aire marcial. Nunca había tomado parte en una campaña, ni siquiera había perseguido a ningún bandolero. Sin embargo, por encima de Pablo Rodríguez, que era muy popular en la tropa, saltó este sargento taquígrafo y se colocó en un pedestal para no descender hasta la madrugada del primer día del año 1959.

Como suele suceder, los audaces e impetuosos, sean verdaderos patriotas o no, son los que se llevan los laureles y las historias de algunos historiadores. Es desafortunado ver como a veces no se pone en su verdadero lugar a muchos hombres cuyo mérito fue precisamente echar a andar un motor cuando nadie sabía cómo hacerlo.

Esto no ocurre solo en Cuba. En los propios Estados Unidos, hasta hace muy poco no se había reconocido que el status de República que tiene ese país se debe a un hombre poco mentado, John Adams, el segundo presidente estadounidense.

Al sargento Pablo Rodríguez, como a otros muchos, todavía no le ha llegado su hora. Nuestra República tiene poco más de 100 años de fundada; tal vez habrá que esperar otros 100 años más, como en el caso de Adams, para que alguien haga surgir la verdad, que como nos recuerda uno de nuestros grandes maestros, José de la Luz y Caballero, “nos pondrá la toga viril.”

Lo poco que se ha escrito sobre este modesto sargento que originó aquella revolución y que terminó exiliado en Miami por solo una causa, lealtad, demuestra que por el tamiz de la Historia pasan solo los que algunos quieren.

El otro sargento, el negativo, oportunista y usurpador, el que traicionó, es el que más se conoce. Es por eso que el Directorio Revolucionario, fuerte movimiento en la rebelión contra la dictadura que el funesto sargento instaló oficialmente en 1952, fue a cobrarle las cuentas pendientes desde 1933 en su propia madriguera del Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957.
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