jueves, 5 de marzo de 2009

BELLO INDIO (Testimonio), Ramón Díaz-Marzo


(A la memoria de José Abreu que se lanzó al vacío desde el 5to piso de una escuela de idioma en la Manzana de Gómez, faltando 3 meses para la estampida del Mariel. Pepe dominaba 3 idiomas, pero no se suicidó por huir del país, sino por amor.)

Yo nunca había metido mi pinga en un hueco de carne caliente. Sólo había eyaculado a través de la masturbación. Pero mi cuerpo, a los 16 años, necesitaba a otro cuerpo. Las mujeres me gustaban, pero con mi timidez era imposible conquistarlas.

Entré al ejército como recluta. Quería ser buen soldado, pero la inocencia me convertía en blanco de burla de mis compañeros que, antes del toque de silencio, hablaban sobre singueta como experimentados Casanovas. Para mí, tener contacto sexual algún día, era un anhelo. Nada podía ser más importante. Y yo no sabía que mis compañeros mentían al decir que lo habían hecho.

En la unidad militar, los continuos cuentos de mis compañeros me predispusieron para el contacto inevitable. En uno de mis permisos salí decidido a templar con cualquiera que me gustara. Yo vivía con mi abuela, una anciana severa que se pasaba el día rezando el rosario, y un padre que apenas me dirigía la palabra.

En el silencio de aquella casa muerta me desprendí del uniforme militar y salí en busca de la aventura que determinaría la mayoría de mi edad.

El pase me otorgaba 48 horas. Lo primero que hice fue recorrer la calle de Monte, que en el argot se denominaba línea de fuego. Al terminar la inspección, quedé virtualmente desilusionado. Allí, recorriendo una calle sucia, sólo había espectros infernales. Entonces busqué otros lugares de la ciudad. Varias veces abordé a jovencitas asustadas en la vía pública. Con cuánto placer habría regresado a mi unidad militar si hubiera conquistado un beso en la sala oscura de un cine.

Los patrones de conducta social carecían de significado para mí porque tempranamente acepté que mis fantasías sexuales eran ineludibles para continuar existiendo. Y es que siempre había practicado, sin saberlo, la doctrina de Aristipo. Es cierto que me cuidaba de expresar mis más profundos pensamientos, pero ante mí mismo, en ese secreto monólogo no sentía pánico al experimentar, ante la contemplación de una mujer o un hombre, la satisfacción de la belleza.

Horas antes de que ocurrieran los hechos me convencía de estar cansado de mi soledad sexual. Necesitaba el contacto físico. Esa noche mi deseo era poderoso. Necesitaba otra piel, otras manos.

Esa noche, si aun hubieran existido los prostíbulos, habría terminado entre las piernas de una prostituta y ¿otro habría sido mi destino?

En mi frenético recorrido, pasé por las esquinas de las calles de San Rafael y Paseo del Prado y vi a un lindo joven. Era un adolescente de 16 años. Tenía el rostro maquillado. Resplandecía obscenamente en medio de un tráfico de personas que al pasar no podían dejar de mirarlo. Me detuve a prudente distancia desde donde pudiera observarlo. Las putas clandestinas del Cabaret Nacional, situado a pocos metros, mal podían disimular su envidia. También observé que los bugarrones del Parque Central se movían intranquilos. Nadie osaba acercarse al muchacho. También varios policías le estaban dedicando su tiempo, quizá celosos del primer cabrón que tuviera el valor de acercarse a aquella preciosidad.

Si a las 8 de la noche pasé por su lado y no tuve el valor de preguntarle cualquier cosa, cuatro horas después, pasada la medianoche, volví a pasar y el muchacho aún permanecía en el mismo lugar esperando a que alguien lo conquistara sin cometer ningún acto que lo colocara fuera de la Ley y le ofreciera a los policías, que todavía seguían allí, el pretexto esperado. Lo único que podía hacer la policía era decirle que se marchara del lugar, que era un menor de edad, y no podía estar tanto tiempo parado en el mismo lugar.

En el tono más natural, pero temblando por dentro, dije: “Necesito hacerlo contigo esta noche. Toda esa gente nos está mirando, incluyendo a la policía. Compórtate como si fuéramos amiguitos. No te me pongas nervioso que, si te gusto, dentro de unos minutos nos iremos de aquí despacio, conversando. Deteniéndonos a ratos para mirar si nos siguen. Y si nadie nos sigue, tengo un lugar donde podremos hacer cualquier cosa…”. Y como respuesta el joven me dirigió una ardiente mirada.

Comenzamos a caminar por las calles de la ciudad. Lo que más me gustaba era sentir que aquel joven confiaba en mí, que si yo decía doblemos por esta calle, él doblaba; y si decía, detengamos un momento, él se detenía. Y yo miraba con discreción tratando de descubrir si nos estaban siguiendo. Pero nadie nos estaba siguiendo. Ni nos seguían los bugarrones del Parque Central, ni los policías. Sólo yo era quien le daba valor al muchacho. Sólo yo hubiera sido quien lo hubiera seguido aquella noche. Sólo yo era la única persona apta para valorarlo sexualmente; algo que él había estado esperando durante horas. Y me sentí el muchacho más feliz de todo el Universo.

En realidad yo no tenía ningún lugar especial a donde ir con aquella belleza. Creo que él se dio cuenta. Pero como jóvenes al fin, él no sólo se había convertido en mi cómplice, sino en mi novia sin que mediaran innecesarias palabras de amor. Lo único que nos unía y nos permitía desearnos como animales enloquecidos por el deseo era la fuerza de la juventud.

Comenzamos a caminar por las calles de la ciudad buscando un lugar, y mirábamos hacia atrás para evitar que nos siguieran. Inspeccionamos escaleras, edificios deshabitados, parques oscuros, azoteas, y la madrugada avanzaba y comprendimos que faltaba poco para el amanecer. Nos decidimos por un edificio situado tras el Museo Nacional de Bellas Artes; para ser más específico, el edificio “Balaguer” en la calle Ánimas #9, entre Zulueta y Montserrat. Nos desnudamos y estuvimos singando y haciendo toda clase de tortillas. Y cuando amanecía, un vecino del edificio subió a la azotea con su padrastro. Y éste hijo de puta nos condujo hasta la unidad de la policía que estaba en la esquina de la calle Empedrado, que era una unidad del Departamento Técnico de Investigación (DTI).

A ese muchacho nunca más he vuelto a verlo. Mientras permanecíamos en la unidad referida, vinieron a buscarlo sus padres; y a mí, una patrulla de la policía militar.

Durante mi permanencia en el calabozo de la Fiscalía Militar, tuve que falsear ante los demás reclutas el motivo de mi arresto. Cuando me preguntaban por qué había caído preso, respondía que por haberme fugado de mi unidad militar.

En la Fiscalía me celebraron el juicio a puerta abierta, delante de otros reclutas que nunca había visto y nunca más vería y también serían sometidos a juicio.
Me sentenciaron a ser expulsado deshonrosamente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y ser privado de mi libertad durante 2 años y 8 meses. De regreso al calabozo esperé lo peor; más el resto de los militares presos (todos éramos jóvenes) continuaron tratándome de igual modo.

Jamás olvidaré mi primer contacto con el Castillo del Morro: una vetusta fortaleza construida por los españoles a la entrada de la Bahía de La Habana.

Me hicieron caminar sobre el piso de madera de un puente levadizo y ví el foso que rodeaba al Castillo. A continuación me internaron por un largo y estrecho pasillo de piedras pelonas y bajo techo abovedado. Hacia la parte que daba hacia la bahía, había aberturas de embudo practicadas en la ancha piedra para uso de la fusilería de la época. La estrechez del pasillo, de pared a pared, la habría comprobado si convertía mi cuerpo en una cruz latina. En la medida que me adentraba por el angosto túnel, experimentaba la sensación del animal peligroso que van a encerrar. Los rayos del sol, entrando por las aberturas separadas entre sí a una distancia de cuatro metros, creaban un juego de luces breves y sombras prolongadas. Mientras caminaba hacia lo desconocido, y el túnel se volvía interminable, precedido por un oficial que llevaba mi expediente penal y dos custodios pisándome los talones, aprovechaba aquellos huecos para echarle un último vistazo al mar, y más allá, a la ciudad.

La certeza definitiva de que había dejado de ser un hombre menos libre que cuando era soldado se presentó al final del pasillo que se abría en amplio zaguán y terminaba ante las colosales puertas de la entrada principal del Castillo. A partir de aquí, cuando esas puertas se cerraran, la humedad y la penumbra serían mis compañeras durante 4 meses.
El murmullo de los condenados se escuchaba como una legión de demonios que vi con sus pálidas caras pegadas a las rejas. Parecían fieras dentro de sus jaulas. Entonces las tres caras de los policías que me conducían a esta zona del infierno me resultaron angelicales.

En el Castillo del Morro había un Depósito donde se permanecía varios días para ser clasificado. El Depósito representaba los últimos vestigios de la civilización y fungía como antesala del Averno. En el Depósito el reo aún poseía su identidad. Era el lugar de la preparación sicológica. A través de barrotes reforzados de grandes y altos ventanales contemplaba, en una visión de conjunto, 7 galeras atestadas de militares presos que miraban con fijeza hacia un patio interior central que permanecía todo el día en penumbras excepto al mediodía, cuando los rayos del sol caían perpendiculares.

Inmediatamente que entré al Depósito, los guardias del Castillo se abalanzaron sobre mí, despojándome de mis pertenencias. El saqueo se amparaba en el reglamento de orden interior que presumía que todo condenado podía traer bajo su vestimenta drogas, armas, y libros considerados como propaganda enemiga, como por ejemplo, la Santa Biblia, que era un libro muy perseguido en aquella época.
Horas después tuve que desnudarme, “abre la boca, abre las nalgas, alza tus brazos, saca la lengua”, y me inyectaron en el hombro una vacuna. Me entregaron un uniforme de lona azul, me fotografiaron de frente y de perfil con el número 597 y me destinaron, días después, a la Galera #4.

Todas las Galeras en el Castillo del Morro medían 5 metros de ancho por 25 metros de largo y en cada una embutían a 300 presos. En el techo abovedado había una hilera de bombillos que permanecían encendidos día y noche. En esa galera estuve 4 meses y hubo un momento en que estuve a punto de perder la vida.

Mi llegada a Bello Indio, cuatro meses después (una granja sin guardias que nos vigilaran) al sur de La Habana, a escasos kilómetros de Batabanó, se produjo a la caída de la tarde. Se necesitaron dos camiones del ejército para sacar del Castillo del Morro a más de 200 maricones que habían logrado esconder sus plumas. Durante el viaje, los que representaban el papel de machos mantenían el rostro ceñudo porque nadie imaginaba hacia donde nos llevaban. Pero cuando llegamos a Bello Indio, donde nos esperaban locas militares de toda la nación, que nos recibieron con aplausos que se prologaron en cerrada ovación, los supuestos machos botaron la personalidad falsa y desplegaron sus plumas.

Al frente de la comisión de recibimiento se encontraba el Jefe del Campamento, un guajiro bruto, viejo ya, pero de buen corazón. Mantenía una seriedad paternal, como la de una Madre Superiora en un Convento para señoritas un poco descaradas. Y no se apresuró a imponernos su autoridad. Dejó que nos mezcláramos los unos con los otros; que cada cual buscara su litera y su pareja.

Con 16 años, mi desconocimiento del mundo de los maricones era parcial. Aquel revolico me resultaba espantoso. No obstante, esa misma noche conocí a la Viuda Negra que le faltaban los dientes y a pocos metros de las barracas, bajo la inmensidad de las estrellas, me estuvo mamando la pinga hasta que sonó la campana que indicaba la hora de la comida.

Durante mi primera noche en Bello Indio no pude dormir. Los susurros, los espasmos, los sollozos de felicidad, el chasquido carnal de los penes en los anos, de los penes en las bocas, de los penes en las manos, de los penes contra penes cual encuentro de espadas, superaba todas las expectativas de lo que entonces para mí tan pronto era tolerancia como corrupción. Y es que allí no había policías que impidieran que la gente gozara. El Jefe del Campamento, después de las 5 de la tarde (con un horario de oficina), se marchaba a su casa que era un bohío a medio kilómetro del Campamento. Los presos, tanto en su presencia o solos, sabían guardar la debida compostura. Pero tras el mosquitero, tan pronto como las luces de la barraca se apagaban, las literas estremecidas de placer se convertían en habitaciones privadas.

El contraste entre la Prisión del Castillo del Morro y aquel Campamento rodeado de llanuras sembradas de arroz que se perdían en el horizonte, fue un golpe anonadante para muchos de mis compañeros; pues era como si por un acto de magia, nos hubieran sacado del infierno y enviado directamente al Paraíso. Y pensé que tan peligrosos pueden ser los grandes sufrimientos, como ciertas felicidades; especialmente si son de naturaleza instantáneas que escapan al lento trabajo del entendimiento humano.

Bello Indio era un tramo de tierra, una suerte de islote feliz rodeado por sembrados de arroz que, con el constante sistema de riego y drenaje, permanecía cercado por las aguas. De manera que el lugar había sido sabiamente seleccionado por alguien que tuvo en cuenta que militares tan jóvenes podrían resultar una tentación insoportable para los campesinos de la zona.

Bello Indio estaba anexionada a una Cooperativa Arrocera. Era como si las Fuerzas Armadas se hubieran olvidado que tenían en su haber un puñado numeroso de homosexuales presos. Allí nunca vimos a ningún oficial del Estado Mayor pasar inspección como ocurre en las unidades militares. Era como si Bello Indio no existiera. Aquello no se parecía a un cautiverio. No era necesaria la férrea disciplina militar para que las locas cumplieran los planes de producción determinados por la Cooperativa.

En la jerarquía del Campamento, después del teniente, le seguía como sustituto un ex oficial muy estricto con todos nosotros que juraba tener su ano intacto y decía estar allí por manipulaciones secretas de sus enemigos dentro del ejército. Pero una tarde después que el teniente se había marchado y nadie esperaba su retorno hasta el siguiente día, retornó al Campamento y sorprendió a su lugarteniente en la caseta de la Jefatura succionándole el pene al Enano, un joven despistado con unos excelentes sentimientos pero que poseía un tremendo pingón. Pero entonces ocurrió lo que todos nosotros hemos calificado como un hito histórico para Bello Indio. El teniente, ante el insólito hecho, apartó de un puntapié al mamalón convicto y cogió, con manos temblorosas, la pinga del Enano y comenzó a mamársela con una pasión casi religiosa.

La toilette de las locas antes de salir a los campos de arroz era comparable a los preparativos de una gran actriz. A veces el lugar de destino para la faena quedaba lejos del Campamento y la Cooperativa mandaba sus tractores con carretas de remolque para transportarnos. Los choferes de estos tractores tenían que ser unos decrépitos vejetes, por si las moscas. Las locas, al terminar su toilette se convertían en auténticas putas de la alta sociedad. Se ponían toallas sobre la cabeza en forma de turbante. A los pantalones les quitaban los bolsillos traseros y se los ajustaban al cuerpo como un leotard de ballet. Las que detestaban el turbante usaban pamelas con colas de mosquitero teñido de colores, y cuando los tractores se impulsaban y el aire les azotaba las colas, parecían brujas de la Edad Media. Cuando las pamelas salían volando, las locas gritaban, el tractor se detenía, y el maricón culpable, al bajar de la carreta, se robaba la atención ejecutando con grotescos giros de ballet “La muerte del Cisne”.

Cuando las carretas cruzaban por pequeños pueblos los maricones cantaban, saltaban dentro de la carreta, y les lanzaban besos a los jóvenes guajiros que a su vez respondían aguantándose los cojones. Todo el pueblo salía al portal de sus bohíos y sacaban sus cabezas por las ventanas y se divertían mucho como si estuvieran en los carnavales.

Por la tarde el regreso era diferente. El sol aun despedía sus ascuas encendidas, el maquillaje se había disuelto con el sofoco del trabajo, y en las carretas reinaba la paz del cansancio.

En el Campamento contábamos con un barracón provisto de numerosas duchas, pero sin instalación eléctrica y sin techo. Y en el caliente verano era sugestivo bañarse en la noche y mientras uno se enjabonaba contemplar la bóveda del cielo abarrotado de estrellas. En esas duchas de noche corría la leche. Pero como las duchas estaban separadas entre sí por muros de mampostería, uno podía bañarse sin ser molestado; aunque el silencio, constantemente, fuera alterado con el runrún de la singueta.

Nuestro cocinero se parecía a un déspota Emperador romano. Era un maricón gordo, altivo, que enarcaba las cejas con autoridad teatral y sabía sonreír cuando un preso le gustaba. En sus facciones cambiantes se percibía un alma inmunda capaz de perpetrar cualquier macabro proyecto con tal que se la pusieran en la boca. Su arma a utilizar era el momento de repartir la comida. Él era como un sumo sacerdote otorgando bendiciones o maldiciones en el momento de distribuir el alimento, según fuese un antiguo amante, un futuro singante, un maricón de mal carácter como él, o un enemigo por no haber accedido a sus requiebros de ballena abominable. A través de la espumadera y el cucharón en sus manos regordetas, fuera para dar un poco más de la ración estipulada o un poco menos; fuese que los movimientos resultaran de aprobación cómplice o desprecio, uno podía calcular el estado de las relaciones de nuestro cocinero con todo el Campamento.

Una tarde de invierno, casi anocheciendo, el cocinero fue presa de un ataque de histeria y gritó:

¡Si no me dejan mamar, mañana disminuiré la ración!

Cuando al cocinero le daban estos ataques, todos mirábamos al nuevo recluso recién llegado.

En Bello Indio nos sabíamos las historias de cómo cada maricón había explotado. El explote del cocinero se produjo cuando sus propios compañeros de armas lo sorprendieron en unas maniobras militares mamándole la pinga a un caballo. Al principio lo ingresaron en el pabellón de siquiatría del Hospital Militar de Marianao. Pero cuando el siquiatra que lo atendía recibió varias quejas donde se relataba cómo el cocinero también le mamaba la pinga a los perros que merodeaban el pabellón de los enfermos mentales, el médico se empingó y lo trasladó para la prisión del Castillo del Morro. Allí, dentro de la Galera, recibió muchas patadas en el culo por su manía de mamar. Se pasaba el tiempo mamando los angulares salientes de las literas. Por eso fue el primero en llegar a Bello Indio junto a los maricones militares más peligrosos de Cuba.

A Bello Indio, a ratos, llegaban misteriosas órdenes que decían: Dar 72 horas de permiso a esa banda de maricones contrarrevolucionarios.

El teniente entonces se ponía triste, y el Enano, que se estaba secando de tantas mamadas, se recuperaba por tres días.

En uno de esos pases, fui una noche a La Rampa donde se efectuaba una fiesta popular organizada por la Juventud Comunista de Cuba. Allí se encontraban connotados intérpretes de la Canción Protesta reivindicados por el Aparato con una guitarra en la mano cantando canciones que parecían ir en contra del gobierno totalitario, pero en el fondo sólo le hacían el juego al Poder Absoluto.

En medio de la multitud, me percaté que nuevamente otra pajarita me puteaba. Entonces pensé que, si ante la sociedad ya era yo un bugarrón oficial, lo lógico era que continuase ejerciendo el delito por el cual estaba cumpliendo la respetable sanción de 970 días sin mis “derechos ciudadanos”; pues no era justo que un único palo me hubiese costado tan caro.

Le sostuve la mirada y salí de la multitud en dirección al Hotel “Capri”. Me detuve en la esquina.

¡Hola! –dije al llegar a su lado.

¡Hola! –respondió.

Bajamos hasta el malecón buscando, esta vez, un lugar donde no me sorprendieran. Nos detuvimos frente a la Embajada Suiza (posteriormente Oficina de Intereses del gobierno de los Estados Unidos), que en aquella época (1969) estaba deshabitada y oscura. Cruzamos la avenida del malecón y nos internamos tras unos arbustos que fungían de pequeño jardín a un costado de la escalinata principal.

A los 15 días de aquel encuentro comencé a sentir alrededor de mis genitales una picazón que se multiplicaba por días. Me rascaba con disimulo delante de mis compañeros. Buscando el origen de aquella rasquiña, que convertía mi piel en una llaga ensangrentada, recordé la insistencia del muchacho porque nuestro encuentro se efectuara en la zona más oscura del jardín. También recordé mi curiosidad por mirar su cuerpo desnudo y cómo al encender yo un fósforo, él se apresuró a soplar arguyendo que para mayor seguridad había que hacerlo a oscuras.

Me avergonzaba la idea de que mi mal se descubriera en el campamento y para no ser desenmascarado, realizaba terribles sacrificios para no rascarme. La picazón era tan intensa en aquellos momentos que la habría cambiado por un dolor de muelas.

Por otro lado, la Viuda Negra no cesaba en su costumbre de mamármela. Yo me había acostumbrado a su boca sin dientes. Cuando la Viuda Negra se arrodillaba ante mí, yo no veía su boca, sino un sabroso bollo con cara. A los pocos días de mi picazón, a la Viuda Negra comenzó a caérsele la cara. En pocos días se rascó de tan incesante manera que hubo que maniatarle los brazos y trasladarla al Hospital Naval. Al siguiente día todo el Campamento se rascaba (incluyendo al teniente). Llegaron varios jeeps y un camión de medicina militar. Nos mandaron a formar y a que nos quitáramos la ropa. Un escuadrón de soldados, como extraterrestres vestidos con trajes especiales, expulsaba humo a través de unos tubos: estaban fumigando a Bello Indio.

Yo guardaba mi secreto pero cuando todos mis compañeros comenzaron a rascarse, también comencé a rascarme con un placer casi celestial. Nunca le confié mi secreto a nadie. La gente le echaba la culpa a la Viuda Negra. En el Hospital Naval a la Viuda le tuvieron que hacer una cirugía plástica en la cara. Cuando regresó al Campamento nadie la reconoció. Cuando nos curamos de la sarna, unos oficiales de la contrainteligencia militar intentaron descubrir quién había introducido en el campamento el contrarrevolucionario virus. Yo sabía que la Viuda Negra sospechaba de mí y titubeó en el momento de delatarme porque ella le mamaba la pinga al todo el Campamento. De todos modos los militares la sacaron del Campamento y nunca más volvimos a verla. Unos dijeron que la habían fusilado por sabotaje. Otros afirmaron haberla visto caminando por el céntrico reparto de El Vedado con una flamante medalla en el pecho otorgada por haber intentado exterminarnos a todos.

Un día, a un grupo de pájaras brujeras se les ocurrió organizar un toque de santos con el pretexto de efectuar una actividad cultural. Y después de la fiesta de los dioses negros, los “rusitos” se mataron.

Los rusitos eran dos cadetes que habían ido a la Unión Soviética a estudiar armas estratégicas. En el país de Fiodor Dostoievski los sorprendieron echando un palo. Ellos eran las dos únicas personas que no participaban de la alegría colectiva. Se mantenían apartados cuando, a pesar de estar presos y haber sido expulsados deshonrosamente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, proclamaban su fidelidad a la Revolución. Por eso, el teniente nombró a Pedro jefe de un pelotón de trabajo. Pedro era demasiado serio. Delgado, silencioso, uno nunca sabía lo que estaba pensando. Héctor, por el contrario, era extrovertido y estaba pegándole los tarros a su compromiso con "La Mora”, una loca de baja catadura considerado el maricón más peligroso del Campamento.

Recuerdo que el día fatal, entre las 5 y las 6 de la madrugada, con un frío del cual había que defenderse enrollándonos alrededor del cuellos toallas o cualquier trapo, aún todo estaba oscuro, cuando entré al comedor con mi jarro de aluminio en busca de un espeso y caliente chocolate con leche, Pedro tenía los ojos enrojecidos y me llamó la atención verlo envejecido prematuramente. Luego, cuando ya nos encontrábamos cortando la mala yerba que crecía en los puentes de tierra del arrozal escuchamos, primero un disparo y luego, una ráfaga de ametralladora.

Dicen que desde que Pedro y Héctor estaban presos en el Castillo del Morro, Héctor quería romper su relación con Pedro. Mas Pedro le advirtió que el día que lo dejara, lo mataría.

El día fatal Héctor no se encontraba en condiciones físicas para trabajar en el campo y le había solicitado al enfermero del Campamento un día de reposo. Y Pedro, en calidad de jefe de nuestro pelotón #4, nos había acompañado hasta la zona de trabajo. Luego lo vimos regresar al Campamento y nos extrañó que nos dejara solos, pues junto a nosotros, a pesar de que fuera nuestro jefe, siempre trabajaba más que cualquiera.

En el campamento, Pedro fue directamente hasta la caseta de la jefatura donde sustrajo la única arma que había en aquella unidad militar aunque fuera una granja de presos: una ametralladora checa. Entró a la barraca y fue directamente hasta la cama donde Héctor dormía, alzó el mosquitero y le dio un tiro en la sien. Luego se colocó el cañón en su estómago y activó la palanqueta de ráfaga continua, y apretó el gatillo. El cartucho de esas ametralladoras contenía 40 balas, de modo que Pedro se metió en su estómago 39 balas.

Veinticinco días después, por orden del Estado Mayor General, ordenaron la desmovilización de todos los condenados. Dicen que la noticia llegó al oído de los más altos jefes del ejército cubano.

Después de muchos años, caminando por la Habana, a veces he coincidido en la vía pública con algunos de mis compañeros. Nos hemos mirado, pero nadie saluda. Es como si nunca nos hubiéramos conocido.
ramon597@correodecuba.cu

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