jueves, 6 de agosto de 2009

TENGO QUE APRENDER A DISCERNIR ESA VOZ, Ramón Díaz-Marzo



Habana Vieja, La Habana, 6 de agosto de 2009, (SDP) No existe en ningún lugar de nuestro mundo un lugar seguro para los periodistas cuando apuntan contra los INTERESES CREADOS. No sólo en el periodismo ocurren las veladas amenazas, sino en toda la escala social. Las amenazas van desde el simple acto de dejarte sin dinero y sin comida hasta asesinarte. El poder es el poder. Cuando alguien estorba y no es conveniente enviarlo a prisión, existe la salida del ostracismo o del asesinato para que parezca que fue un accidente callejero, marginal, casual.

El pasado 27 de julio de 2009 entre las 6:30PM y 7:00PM había terminado de consumir una comida en la paladar de Tejadillo entre las calles Aguacate y Compostela. Me encontraba de espalda al este, es decir, de frente a un trozo del Palacio Nacional de Bellas Artes. La mujer que despacha en ese lugar me conoce y mantenemos, hasta donde puedo imaginar, una buena amistad.

Antes de consumir comida en este lugar, lo hacía en un lugar a pocos metros por la calle de Aguacate, pero me ocurrió una historia que ahora sería larga de contar y que yo interpreté como que la dueña del lugar no quería que yo fuera más a su paladar conocida internacionalmente en una guía turística alemana como la “Primera de Aguacate”. Digo que pienso que no quería que fuera más a su paladar desde que le estuve preguntando sobre lo que había pasado hace unos meses con la paladar “El Hurón Azul”. A esta señora, dueña de una casa en planta baja y de una formidable paladar la sentí con miedo. Ella había trabajado durante años en el Municipio del Partido Comunista de Cuba en la Habana Vieja.

La mayoría del pueblo cubano no está de acuerdo con la dictadura de los Castro, pero hay una parte que tienen tanto miedo a que le quiten la miseria que les ha tocado y les permite vivir, que no quieren saber nada que se relacione con la civilidad nacional y el futuro de Cuba. Esta parte desgraciada del pueblo uno puede encontrarla en cualquier parte. Incluso, si el gobierno quiere sacarte del juego sin sepultarte en una prisión, se les sobran mecanismos para sacarte del juego sin despertar las sospechas de la comunidad internacional.

Por eso me tuve que cambiar de “paladar”. En esta de la que les hablo tenía que sentarme en la acera de enfrente a consumir la comida servida en un plato (a veces no hay plato por culpa de los inspectores y te la sirven en una cajita de cartón de fiesta de cumpleaños).

En esa cuadra todo el mundo me conoce de vista pero no saben a qué me dedico. Pero hay un “jabao” pelado a navaja que de cuando en cuando, da su show en esa cuadra en plena calle, con la aprobación a regañadientes de todos sus vecinos. Cuando efectúa su show es que está totalmente borracho. Desde hace meses, lo veo dar estos shows donde él se mete con la gente de la cuadra, nunca con desconocidos ni personas que pasen al azar ante su presencia.

A mi estos show no me molestaban porque los miraba desde una perspectiva folklórica. Pero el 27 de julio de 2009, como les cuento, cuando terminé de consumir mi plato de comida, crucé la calle y llevé el plato hasta la ventana-reja de la pequeña paladar y me disponía a solicitar un jugo de naranja cuando escuché una voz como si fuera mi propio pensamiento que me decía: “El jabao te está observando. Cuando termines con el jugo, no busques la calle Compostela porque tendrás que pasar frente a él, sino busca la calle Aguacate”.

Pero yo mismo me dije que él no podía quitarme la libertad de caminar por las calles que más me vinieran en ganas. Error fatal. La voz que me habló tenía razón. Pero si hubiera cogido por la calle de Aguacate, no habría escrito este artículo.

Cuando el Jabao efectúa su show lo hace de una manera violenta. Es fuerte y relativamente joven y tiene un vozarrón de espanto. Además, sus palabras, ademanes, y gestos, tienen algo de anormal o de persona que ha perdido el autocontrol y es capaz de realizar cualquier barbaridad.

Cuando me bebí mi jugo, busqué la calle Compostela. Cuando cruzaba frente al Jabao, que estaba sentado en el descansillo de una puerta, cometí el error de detenerme e ir a su encuentro cuando él me llamó con voz normal para hacerme una pregunta. Tenía que haber continuado mi camino, pero no sentía ningún miedo ante este ser anormal y fuera de control.

Le dije: qué quieres. Me preguntó si yo tenía el pelo largo y blanco porque era artista de la televisión cubana. Le dije que era escritor. Me preguntó si yo escribía para una publicación cubana y le respondí que no, que para una publicación extranjera sin jamás decirle que era un periodista independiente. Entonces me dijo que si yo publicaba en el extranjero era porque escribía contra Castro. De inmediato le di la espalda y comencé a alejarme del lugar, siempre, repito, sin miedo. Entonces escuché la voz de él a mis espaldas y que podía oírse en toda la cuadra. Decía que yo escribía contra Castro y le gritaba a un hombre que iba delante de mí que me atacara. Lo de atacarme lo decía en tono de broma, pero en broma se hacen muchas cosas en serio.

El hombre que iba delante de mí, cuando llegaba a la esquina, a la voz del Jabao, se levantó la camisa e hizo el gesto de sacar un arma blanca con la cara sonriente de perfil, pero en ningún momento me miró a los ojos. Todo esto sucedió hasta que doblé por Compostela y ya no recordé más el incidente.

Pero esta noche, 28 de julio de 2009 mientras veo la película “Serpico”, protagonizada por Al Pacino comencé a recordar el incidente y a llegar a la conclusión de que no puedo ir más por ese lugar hasta que pase un buen tiempo. Tengo que aprender a escuchar esa voz que de cuando en cuando me habla y se confunde con el monólogo de mi conciencia.

Si algo me ocurre y pareciera un accidente, mis amigos ya saben lo que tienen que hacer.
ramon597@correodecuba.cu