jueves, 11 de junio de 2009

UN PUNTO EN LA OSCURIDAD, Aleaga Pesant



Plaza, La Habana, 11 de junio de 2009, (SDP) Pánfilo Ojama, ni se enteró de la discusión sobre Cuba en la 48 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), celebrada en San Pedro Sula, Honduras. En su búsqueda diaria del sustento, el encuentro fue un punto en la oscuridad.

Amenazados por el regreso de los apagones, la mayoría de los cubanos tampoco se sintió aludida. Algunos, los más viejos, apoyan la firme posición de la dictadura de rechazar la entrada en la institución panamericana. Otros no ven la forma en que la discusión incida en el mejoramiento de sus vidas.

La actual OEA es un rezago de la guerra fría. Fue fundada por los países que el 30 de abril de 1948 suscribieron el Pacto de Bogotá, durante la IX Conferencia Panamericana. Nacida en el contexto del panamericanismo, le precede la Oficina Internacional de las Repúblicas Americanas (Unión Panamericana desde 1910), fundada en 1890 y que en 1948 se convirtió en Secretaría General de la OEA.

Nació marcada por la confrontación entre Estados Unidos y Rusia. Surgió junto al Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR) y al Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Todos exponentes de una visión noble y superficial de los problemas latinoamericanos.

Sesenta años después de su fundación, el Banco Interamericano no pudo impedir que billones de dólares fueran dilapidados por la corrupción criolla. El TIAR, solo funciono como difusor del paradigma de la seguridad nacional y la instauración de dictaduras militares que violaron los Derechos Humanos.

La OEA fue disfuncional en la década del setenta, cuando la mayor parte del continente era gobernado por dictaduras militares. Legitimó a dictadores y represores siempre y cuando se declararan católicos y anticomunistas.

La restauración democrática desde principios de los ochenta, la postulación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) a principios de los noventa y el establecimiento de la Carta Interamericana de Derechos Humanos en el siglo XXI, hizo pensar en la autopista de la pluralidad, el liberalismo y el fortalecimiento de la OEA, como mecanismo internacional de cooperación.

Pero en marzo del 2008 regresó el ciclo de disfuncionalidad. La destrucción de un campamento terrorista en territorio ecuatoriano por el Ejército de Colombia vaticinó la crisis. La búsqueda de una solución negociada fuera de su marco fue el pretexto. Las espadas desenvainadas. El impulso principal procedía de Venezuela y del grupo de países parásitos de su petróleo.

Catorce meses después, su 48 Asamblea General, preveía discutir los problemas de seguridad hemisférica. Sin embargo, las discusiones y reuniones se concentraron en el problema de si la dictadura cubana debía participar en ese organismo.

Se dejaron de lado muchos graves problemas. La guerra contra el narcotráfico en el norte de México, que obligó a militarizar ese territorio. El fenómeno de las maras en El Salvador y Honduras. La impunidad del crimen en Guatemala, donde el Presidente Álvaro Colom se encuentra acusado de complicidad en un asesinato. La guerra en Colombia contra el narcoterrorismo y los paramilitares. Los enfrentamientos políticos violentos en Bolivia. El poder de las organizaciones criminales en las favelas brasileras. El dinero de contrabando a la campaña presidencial de Cristina Fernández en Argentina. El abuso contra mujeres jóvenes del ex Obispo y actual Presidente de Paraguay, Fernando Lugo.

Todo ese pandemónium criminal fue obviado para discutir si la única tiranía monárquica del continente debía pertenecer a la organización política continental. Un país con más de trescientos presos políticos y de conciencia, entre ellos 24 periodistas, el 20 % de la población en diáspora política, absoluto control de los medios de información y de todos los poderes del Estado por una familia y segregación del uso de internet a los nacionales por su condición.

El debate sobre la inclusión de Cuba en la OEA, más emotivo que racional, tuvo como piedra de toque el desinterés del gobierno de la isla por participar en el mecanismo de integración y las constantes blasfemias contra la institución. Así, la bandera levantada por los populistas, era mas un motivo para enfrentar a los gobiernos democráticos y liberales que un ejercicio de tolerancia democrática.

Los abanderados de la desestructuración, el llamado grupo ALBA –Venezuela, Nicaragua, Honduras y Bolivia-, plantearon un desafío de vida o muerte para la organización panamericana que, graciosa y de milagro, evadió el desastre que enfrentaba.

La peligrosa retirada estratégica de los demócratas -Estados Unidos, Canadá, Chile y Colombia- a favor de los populistas y menos democráticos -Venezuela y Nicaragua-, debe ser por una visión más amplia, pero en el interín, pueden perder güiro, calabaza y miel en una sola partida.

El presidente de Brasil, anunció, luego de la votación, que la tiranía podría ser readmitida con todos los derechos en “los próximos meses”. Sin embargo, el reto es ver como la OEA logra que la Castro-monarquía libere a los presos políticos, las fuerzas productivas y respete el Estado de Derecho.

Esas son las reservas fundamentales de las fuerzas prodemocráticas dentro de la isla. Ven la reciente resolución de la 48 Asamblea General de la OEA como un punto en la oscuridad. Conocen la capacidad de mentir del dictador, de firmar acuerdos internacionales y no cumplirlos, de utilizar a los presos políticos como rehenes, de impedir la libertad de expresión y asociación.
aleagapesant@yahoo.es


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